lunes, 30 de marzo de 2015

La fuerza oculta del anagrama En nuestros tiempos agnósticos y positivistas, donde todo lo hermético es visto con desconfianza y desprecio, la técnica del anagrama se ha visto reducida a un pasatiempo de ingenio afín a una simple sopa de letras, pero en los tiempos en que el hombre confiaba en la resonancia profunda y hermética de las cosas y las palabras, pensamiento de índole neoplatónico y cabalístico, el anagrama era considerado una poderosa herramienta de la mente para penetrar en lo oculto de las palabras y del nombre propio. La técnica del anagrama corresponde a lo que en hebreo se llama combinatoria o tzeruf, palabra cuya raíz tiene que ver con el poner a prueba un metal precioso fundiéndolo, para saber si ha sido amalgamado con metales de inferior calidad con fines fraudulentos. Es un proceso que permitía deducir si se había adulterado una joya, por ejemplo, pero que involucraba fundir su metal, hacer una prueba por el fuego, mediante una técnica más sufrida que la inmersión de la corona de Hierón por Arquímedes, la cual se cuenta que utilizó para saber si el orfebre se había quedado con parte del oro destinado a su elaboración. La técnica de la permutación de las letras que conforman una palabra es uno de los tres principales procedimientos involucrados en la Cábala para extraer conocimientos profundamente ocultos en las palabras, siempre que de la combinatoria de sus letras, utilizándolas todas, se formen nuevas palabras plenas de sentido. Y a esta técnica se la llama tzeruf por analogía con el fundir un metal, porque la palabra es puesta a prueba para sacar su verdad oculta mediante una especie de fusión donde sus átomos -las letras- son desinstaladas de sus posiciones y reordenadas. Se trata de un método que supera totalmente el sistema del silogismo aristotélico para extraer nuevas inferencias y conocimientos, porque la crítica de que la conclusión lógica del silogismo aristotélico no extrae nada nuevo que no se encuentre en las premisas es válida, y es una crítica fulminante. El conocimiento lógico griego no avanza, se queda en una perífrasis lógica estéril. El tzeruf hebreo, en cambio, logra establecer vínculos y nexos nuevos e insospechados entre conceptos, mediante la técnica de anagramar términos y frases pero, por supuesto, no podría ser aceptada como herramienta válida para una mente griega racional. Se trata de un conocimiento místico y tremendamente esotérico. Pero a pesar de la crítica que pueda hacerle la lógica pedestre griega, resulta que en muchas oportunidades (que no pueden ser tildadas de coincidencia, por lo atinado de su agudeza) se comprueba una rara fuerza, sobre todo en los anagramas de algunos nombres de personas, que revelan características ínsitas en la personalidad de las personas así llamadas, que obedecen a circunstancias que los persiguen durante su vida, características de sus personalidades o situaciones que arrastran de por vida. Ese sesgo es el que quiero destacar en este primer artículo sobre el anagrama, como herramienta para encontrar, en las letras que conforman un nombre, características propias de sus propietarios. Hoy en día los programas de computación permiten realizar anagramas con bastante más facilidad que en otras épocas, pero los anagramas más interesantes son los descubiertos sin ayuda de ordenador, los antiguos -que aunque muchos tomarían como curiosidades literarias de salón- ya que son en verdad insinuantes y pueden leerse con renovado asombro, pues se trata de una serie de rarezas literarias que me interesa rescatar del olvido. Antes de entrar en los ejemplos más sorprendentes de los anagramas de nombres propios que tienen correlación con sus poseedores, sería interesante también un periplo por la concepción egipcia, hebrea y grecolatina del nombre propio, ya que en este tema esas tres cunas de saber coinciden en atribuir carácter sacro y mágico al nombre de un ser humano. Sabido es que en el Egipto antiguo el nombre es una herramienta mágica susceptible de ser utilizad apara hacer magia, y quien sabe el nombre real de un individuo, su nombre secreto y único, tiene poder mágico sobre ese individuo. Por eso los egipcios tenían un nombre secreto sólo conocido por la persona y sus padres, y un nombre público cuyo uso no afectaba al poseedor en cuanto a fuerza mágica. Incluso Roma tenía un nombre secreto que no debía ser divulgado y que, según algunos, era su exacta inversión, Amor, a manera de oráculo de que la religión católica, con el volver de los siglos, se establecería allí, el cual fue divulgado según la tradición por Quinto Valerio Sorano. Pero volviendo al antiguo Egipto, era tal el poder del nombre, que en la planta de las sandalias de oro de Tutankamón vemos cartuchos con nombres de los pueblos enemigos, en la firme certeza de que al hollarlos en su cotidiano caminar, el faraón los vencía de antemano y daba sello de garantía a cualquier empresa guerrera contra ellos emprendida. Hoy en día la creencia, aunque degradada, continúa, y un camellero egipcio no revelará a ningún turista el verdadero nombre de su camello, temeroso de algún mal de ojo contra el animal fuente de su subsistencia, y contestará invariablemente a la pregunta de cómo se llama el animal con la desfachatada respuesta de: it’s name is Michael Jackson, casi mecánicamente. El adagio latino Nomen omen, que en latín significa el nombre (propio) es un oráculo, y la sentencia nomina numina, los nombres son divinidades, frases que juegan con la carencia de una sola consonante y de la diferencia de una vocal, tienen la misma base de verdad. En la mente cabalística judía es ubicua esta concepción, bástenos recordar la transformación del nombre de Abram en Abraham, con una letra hei de valor cinco lograda a partir de la partición en dos letras hei, de la letra iod, de valor diez, del nombre Saraí, que quedó convertido finalmente en Sarah, de su esposa., de manera que el nombre de ella cedió la mitad del valor diez de la iod del final de su nombre, permitiendo agregar esta hei en el interior del nombre del patriarca. Y es sirviéndose de esta creencia que Asimov escribe su curioso relato Mi nombre se escribe con S, apoyando toda la trama de los sucesos extraños y el cambio de destino de su protagonista, Marshall Zebantinsky, en el simple cambio de una sola letra de su apellido. Intentando utilizar la misma técnica del anagrama sobre la palabra anagrama, en una especie de ouroboros, anfisbena o autorreferencialidad, obtenemos la frase gana arma, lo cual es coherente con todo lo que vengo exponiendo, pues la técnica del anagrama permite ganar herramientas de conocimientos insospechadas, si aceptamos ser adeptos de esta convicción. Todos estos datos, que fui amasando en diversas lecturas, se vieron deliciosamente confirmados por un anagrama poco conocido, el del músico Antonio Vivaldi, que produce avanti violino (adelante violín en italiano), cosa sorprendente, considerando que Vivaldi descolló por sus conciertos y su virtuosismo en este instrumento, circunstancia que se hallaba cifrada providencialmente en su nombre. Es en la Encyclopédie des anécdotes anciennes et modernes, de Edmond Guérard, donde me encontré con una referencia a la abstrusa obra francesa Curiosités littéraires de Ludovic Lalanne, donde, entre muchas rarezas, se alude a casos famosos de anagramas. Una de estas historias remite a una anécdota graciosa, en la cual dos sabios, el párroco Proust y el párroco D’ Orléans conversaban, y el primero lanzó al segundo el guante, en el elegante escarnio de que, en su nombre, se hallaba completa la frase L’asne d’or (el asno de oro en francés)... desafiándolo a que en su breve apellido Proust hallase algo parecido. El párroco recibió impasible la befa, e ingeniosamente retrucó con maravilloso ingenio, “en vuestro apellido se encuentra perfectamente la frase pur sot (completamente tonto, en francés). Otros, como Jean Daurat, intentaron colocar en el primer escalón de los poetas a Pierre Ronsard, argumentando que en su nombre se hallaba (aunque con el exceso de dos letras sobrantes) la frase rose de Pindare, la rosa de Píndaro. Un escritor francés menos célebre, Pierre Ménetrier, recibió el halago de que su nombre contenía oculto el anagrama miracle de la nature (milagro de la naturaleza). No menos galantes fueron otros anagramas realizados para damas de la corte, reyes y papas, de los cuales sólo mencionaré el de María Teresa de Austria en francés, Marie Thérèse d’Autriche: mariée au roi très-chrétien, (casada con el rey muy cristiano), o el de Marie Touchet, amante preferida de Carlos IX: Je charme tout (yo encanto todo, considerando que en francés antiguo la i latina y la j no se consideran dos letras diferentes). No menos incisivo es el anagrama propagandístico que fue forjado contra Napoleon, empereur des Français (Napoleón, emperador de los franceses): Un pape serf a sacré un noir démon (un Papa siervo ha consagrado a un negro demonio), que aludía al servilismo del papa que había legitimado sus aspiraciones al imperio. Otra célebre chanza es la que hizo irónicamente burla del célebre anagramatista francés, César Coupé, al recibir un billete anónimo donde se le jugaba una mala pasada y se le hacía probar una amarga cucharada de su propia medicina, al hacerle abrir los ojos acerca de su nombre: éste ocultaba un anagrama bastante infamante: cocu separé (cornudo divorciado). Incluso gramáticos latinos como Nigidio creían firmemente que latía en la palabra una fuerza oculta, y que nombres y palabras no se forman por una fortuita distribución de sus letras, sino gracias a un instinto y vibración causal que poseen naturalmente ínsitos en ellas; Aulo Gelio lo comenta en sus Noches Áticas: Nombres y palabras no tienen una formación fortuita, sino que existe cierta fuerza y razón natural en ellos . Cipriano, a su vez, afirmaba que palabras y nombres propios poseen en su interior una razón intrínseca, y en un texto medieval hallamos la siguiente afirmación: Pensado y sostenido fue por los pueblos antiguos que las palabras contenían alguna razón de ser, y que los nombres explicaban la vida y las cualidades de sus poseedores . Por alambicada y abstrusa que esta concepción necesaria e idolátrica de la palabra, los conceptos y las letras parezca, prefiero su respeto, su adoración y su amor por el verbo y el efecto por ella causado de la miríada de vocaciones de vidas enteras dedicadas a la palabra como algo sagrado, a la irresponsable afirmación de Saussure de que las palabras son convenciones gratuitas, afirmación que hace de las bellas palabras simples rótulos sin poesía… Borges lo sostuvo maravillosamente en aquel poema sobre el golem que inicia: Si (como dice el griego en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa esta la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo. Para finalizar por ahora este amusement por el anagrama, no quiero dejar de citar un caso extremadamente curioso e interesante: el del memorioso bibliotecario florentino Antonio Magliabecchi (1633-1714). Caso extremo del excéntrico sabio, se cuenta que podía consultársele dónde se hallaba cualquier libro, y que conocía de memoria los inventarios de las principales bibliotecas de Europa, y hasta la disposición de los anaqueles de todas ellas, por ingentes que fuesen… incluso la de la librería del sultán turco. El anagrama de su nombre latinizado es asombroso: Antonius Magliabbechius produce Is unus magna bibliotheca: “este solo es una gran biblioteca”. En una continuación de este paseo por el curioso jardín de la palabra entendida como milagro cabalístico, haré referencia a dos casos de serendipias o descubrimientos fortuitos que fueron hallados en anagramas enviados entre dos célebres astrónomos: Galileo y Kepler, que parecen corroborar la verdad de que los anagramas ocultan verdades insospechadas y aluden a realidades sin discusión. Diego Márquez, Córdoba, 28 de Marzo de 2015.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Verdad absoluta vs. punto de vista

Verdad absoluta vs. punto de vista


En muchos de mis análisis cabalísticos de palabras hebreas, he afirmado que la letra aleph y la letra ayn son hermanas.
En realidad, de la consideración de muchísimas palabras cuya única variación es la alternancia de una u otra de dichas letras, así como del significado de tales palabras, se desprende que existe un secreto que enlaza a aleph y a ayn.
Creo, conforme a tantas palabras sobre las que mi indagación se ha detenido, que la ayn no es sino una aleph ocultada, velada… modificada o transformada de alguna manera.
Ambas letras son aspiradas muy suaves; la forma de la ayn parece remedar de alguna manera a la aleph, sólo que ambos travesaños de su estructura comienzan a mirar hacia arriba; además, la diferencia entre sus valores numéricos da 69 (aleph =1, ayn = 70), número cuyos guarismos, uno hacia arriba y otro hacia abajo en la escritura arábiga (y recordemos que para las consideraciones cabalísticas, la grafía misma tiene relevancia) hablan de un par de iguales-opuestos.
Este 69 es un número importante, nos cuenta Mario Satz en sus estudios sobre cábala, primeramente, si consideramos que la forma de sus componentes recuerdan al feto y la oreja, después, porque los ojos –cuya letra es la ayn, ya que esta letra tiene su pictograma en un ojo o en dos, conforme a sus variantes grafemáticas- sí son ocultables en su potencia visual, ya que cuentan con un velo o párpado.
De manera que en esta dicotomía ojo-oreja, oreja cuya función no puede naturalmente ocultarse mediante una membrana debemos ver una aleph, cuyos atributos son la inmensidad del todo y la desnudez de la infinidad, frente a un ojo representado por la ayn- cuya función de observar, por el contrario, sí es suspendible mediante un velo, hay un ocultamiento del secreto presente en el doblete aleph-ayn.
El feto cambia justamente su posición, invirtiendo su cabeza (lo que recuerda al número 69, diferencia entre aleph y ayn) en su gestación.
Todo esto nos permite entrever el esotérico y extraño lazo entre la aleph y la ayn, observable, por ejemplo, en palabras tales como osher con aleph (felicidad) y osher con ayn (riqueza), circunstancia sugerente si las hay, ésta que vincula -o desvincula- felicidad y riqueza material, o entre la palabra ayn con aleph (nada) y la palabra ayn escrita con letra ayn (ojo, fuente), y las palabras rotadas aní con aleph (yo), y oni con ayn (pobreza, miseria) donde se juega un profundísimo secreto relacionado con el sujeto, el individuo, la nada y el punto de visión o fuente desde el cual se mira un objeto.
Quiero analizar ahora un par de términos donde la diferencia se plantea entre las letras aleph y ayn, y a la vez se establece una coherencia significativa entre sus significados, que nos permite acercarnos con mayor certeza a este parentesco de “amor-odio”, por llamarle de alguna manera, que parece vislumbrarse entre ambas letras.
Las palabras sobre las que quiero reflexionar aquí y ahora son emet con aleph, verdad, y emet con ayn, punto de vista, aspecto).
Este par de conceptos opuestos o prójimos puestos en juego en la sagrada lengua hebrea, nos revela que su consideración es importantísima, y que de tales indagaciones se pueden extraer jugosas enseñanzas.
Nada tan evidente como la relación entre la verdad, así absoluta total, inhallable en una realidad concreta, y el aspecto, el punto de vista, la faceta, que es a lo que puede alcanzar el individuo.
Esto, creo, tiene que ver con la inmensidad invisible y sobre todo inasible de la aleph, que sólo puede ser concebida por el hombre concreto en su imagen especular y concreta mediante una palabra semejante, pero materializada, velada, con esplendor racionalizado (para que su esplendor no nos enceguezca de un modo parecido a lo que sucedió, en el mito pagano, con Semele y Zeus) tal como emet con ayn que providencialmente significa un recorte de la verdad, una faceta de la verdad total, la cual, por su sacralidad, merece comenzar con una aleph inicial, además de su privilegio de ser la más equilibrada de todas las palabras hebreas, ya que la mem media es justamente una letra que se ubica casi en el centro mismo del alefato, y la tau es la letra final…
¿Cuál es la enseñanza que este hecho tan fantástico nos deja, y que podemos cosechar a partir de estos dos vocablos, hermanos pero opuestos a la vez, como si se tratara de una coincidencia o enfrentamiento de opuestos que colabora, como en una cupla física, en el girar, en el desenvolverse de la realidad?
¡Que la verdad para cada individuo es una diferente! esa frase es demasiado poco digerida, y puede ser llevada para cualquier lado... Que si bien la verdad, así con mayúsculas, divina sí existe, no es asimilable ni aprehensible por el ser humano en su totalidad.
La verdad total y unitiva, con aleph, es como el diamante deslumbrante y enceguecedor, cuyo sol no podremos jamás mirar en esta vida frente a frente, mientras que la faceta, punto de vista o de perspectiva, aspecto de cualquier asunto, o ángulo desde el cual sí nos es dable considerar algo, es emet con ayn, acción que el sujeto particular puede emprender.
No hay una sola razón, ni una sola verdad para todos, en el accionar de la realidad cotidiana, sí una Verdad trascendente a la que todo debemos aspirar; y afirmo que es por eso que en hebreo, la lengua divina, el concepto de la Verdad, así con mayúscula, Emet, se escribe con aleph, una letra demasiado grande, luminosa y brillante para que sea abarcada por una sola persona, y emet "punto de vista, aspecto" con ayn, que es la aleph velada y circunscripta por límites de tal manera que cada individuo pueda asimilarla...

viernes, 16 de marzo de 2012

Vocación paradojal de algunas frases

Vocación paradojal de la verdad verdadera I. Frases de grandes hombres

Las grandes verdades tienen vocación de paradoja, porque la verdad única a la que remiten no es la de la razón discursiva y disyuntiva, que separa, sino a una verdad que se aprehende con el corazón y que, lejos de separar, trasciende las diferencias y las concilia. Las palabras de los Avatares de la humanidad son, por lo general, de esta rara especie. Algo siente uno en el pecho cuando las escucha, una voz íntima que asiente poderosamente con ellas. “Los últimos serán los primeros”, “dar para recibir”, “ama a tu prójimo como a ti mismo”… en todas ellas relampaguea un orden del ser que hemos olvidado, pero que recordamos, y si lo recordamos, hemos estado en ese nivel de existencia donde las polaridades caen obliteradas, y si hemos estado en él, existe. Volveremos.
Una frase hermosa respecto de esta coniunctio oppositorum es la del sabio Don Atahualpa:

La moneda que está en la mano,
tal vez se deba guardar;
la moneda que está en el alma,
se pierde si no se da:

¡qué frase!... resuelve milagrosamente la dicotomía, la batalla de la codicia y el egoísmo, divide aguas entre los dones del dinero y esos otros dones: los del talento y la generosidad!... ¡qué sabio Dios! nos ha dado a todos algún talento, y esa moneda del alma, al darla, se multiplica, no se agota como la terrena. La moneda del dinero debe guardarse y es prudencia; la del alma, debe entregarse, si no, se pierde. Es entregándola, compartiéndola, como se multiplica. Quizás siguiendo esta cábala bellísima con el corazón pleno es como Cristo, milagrosamente, al dividir el pan y los peces, los multiplicó. Tan fuerte es su amor, su fe, que aplicó la norma instalándola en el reino de la materia (Él es el Salvador) y logró una multiplicación de una división: sublimó los opuestos. También en el reino subatómico (he escuchado), cuando unas ciertas partículas son bombardeadas (sabrán los físicos cuáles) se dividen en otras tres, pero las resultantes tienen el mismo peso o carga que la partícula del punto de partida, y entonces se pregunta uno “¿fue dividida, fue partida, o fue multiplicada la partícula de base…?” dividir, por amor, es multiplicar en el reino de los cielos.
Esta lógica, este lenguaje que nos deja perplejos y que entiende aquel que está en secreto en el corazón, es el antiguo lenguaje de los emblemas, que condensa en una frase dos opuestos, los hermana, y los sublima en una verdad paradójica que es más verdad que un mero juicio afirmativo. Debería, de hecho, existir (fundarse) una nuevo tipo de oración, (que los antiguos conocieron y que trasciende al silogismo racional: el enigma, la voz del oráculo, la del símbolo) al lado de la afirmativa, la interrogativa, la apelativa y la expresiva: la paradójica…
“Vísteme despacio, que estoy apurado” decía Napoleón parafraseando el “Apresúrate despacio” de Augusto, que Pietro Bembo vio, con ojo providencial y más potente que el mismo que ideó el diseño , en el emblema de un denario de Vespasiano en el que se ve un delfín abrazando, enroscado, un ancla. Otros poetas de la imagen encarnaron esta verdad de la prudencia unida a la celeridad de la acción por medio de otras criaturas: un cangrejo (animal de la prudencia por su paso) llevado por una mariposa (volatilidad); una doncella apoyándose en frágil equilibrio en una sola pata de su escabel, sosteniendo una tortuga y un par de alas… Andrea Alciato, en sus emblemas, es tal vez quien puso en el tablero todo su humor y le gastó una sutil broma al mismo emblema, invirtiéndolo: una rémora envolviendo una flecha. El mensaje es el mismo: prudencia y rapidez a la vez. Pero esta vez, lo sutil y alado es la flecha, (el objeto) mientras que lo denso y fijo es la rémora, (el animal).
Yo también he jugado con lo símbolos y les he gastado una chanza que les ha gustado y por la que me han aceptado amigablemente en su círculo de belleza, como un acepto hermano de su (de nuestra) cofradía: fue cuando vi en el elefante sosteniendo un obelisco (emblema que aparece en la Hypnerotomachia de Polifilo, Venetiis, 1499, imprenta de Aldo Manuzio) algo específico.
El emblema representa el intelecto unido a la materia  el hombre, ese magnum mysterium… la encarnación, pues el obelisco, con sus jeroglíficos, evoca lo intelectual y lo divino; el rugoso y macizo paquidermo, la materia… pues bien, yo vi en ese emblema la prefiguración del castrato: ese ser híbrido de voz angelical y aguda (la aguja del obelisco) y de cuerpo denso y rugoso (el elefante); el castrado que vive gratia artis; la belleza del arte por el arte, por la vocación de sí misma, como un ouroboros exquisito, autodependiente y autónomo ... pasé la prueba con ese juego y los símbolos me abrieron su reino, su fontana de la vida, su fuente de Juvencia, donde a veces me refresco de esta tórrida existencia literal, sin símbolos, sin enigmas, rejuveneciendo la naturaleza soñadora de mi alma, y liberándola de la cárcel del materialismo de esta época.




Vocación paradojal de la verdad verdadera II. Los emblemas, los símbolos y la belleza


Hablaba en el texto anterior (y refería a éste) acerca de la reelaboración de un símbolo carísimo a los humanistas ya desde la obra de Francesco Colonna: La Hypnerotomachia Poliphili; el elefante con el obelisco en el lomo, que luego erigió Bernini en la Piazza della Piccola Minerva, en Roma. ¿por qué? El elefante sería el cuerpo rugoso y paquidérmico del castrato (ya Horacio se mofaba de los eunucos de Cleopatra y los comparaba con elefantes), su brutal pesadez, la elefantiasis primero de su cuerpo y luego de la ornamentación barroca, su recargado lujo, su esencial excrescencia barroca, esa metástasis de rocailles del rococó, ese cáncer imparable del tejido barroco (recordar a la ciencia de la teratología como una fuerte fascinación del barroco y de su morbosidad) y el delgadísimo obelisco en punta de aguja en su espalda -voici la grâce même du sujet)- su voz acutissima, sutilísima que, renegando y venciendo de su pesadez patente en ser mole terrestre, lo eleva al cielo. Así, en el oxímoron visual que conjuga pesadez barroca, melancolía corpórea de lo aplastante y acuoso en lo horripilante de un cuerpo mutilado y fofo por un lado, y por otro los éxtasis luminosos en el hilo de voz que se sublima en la ascendente y flamígera aguja -llena de jeroglíficos, como señal de pertenecer al mundo divino e intelectual de las ideas por oposición a la gris y ciega materia del cuero elefantino- se cierra por fin la esencial condición que es vocación de los emblemas: coincidentia oppositorum, pesadez maridada con espiritualidad, el mecanismo mismo de la melancolía, que a través de su réprobo hundirse en las oscuridades de una fuerte decepción, justamente por eso, logra la redención última y corona lo que ficticiamente aborrece y, huyendo vampíricamente de la luz en su desesperarse ya de la salvación, la consigue por una especie de abrazo-treta que no ve lo que logra acaparar y que, sólo por no verlo, lo consigue, como el abrazo ideal de Orfeo: el que no fue capaz de satisfacer la petición de los mezquinos y exigentes dioses del Erebo y, queriendo asir a Eurídice, por eso, la pierde para siempre o como la única manera de hacer que una estrella o el sol sean captados por el ojo: trampeándolos y mirándolos con la mirilla… en fin, como el buscar a tientas con escudo espejado de Perseo entre las nieblas, el cuerpo dormido de Medusa, que rastreaba mirando en el espejo y caminando hacia atrás, por espejo-escudo retrovisor para no ver directamente...
Por otra parte, este jeroglífico hermético representa, en una lectura de clave universal, la condición misma de todos los seres humanos (como el del ancla y el delfín) y es análogo a la cruz misma, pues el elefante es la cruz, el cuerpo, la dificillima tarea de la encarnación -recordar que cruz, tiene la misma etimología que kréas: carne) y el obelisco, lo sutil del alma encadenada a esa prisión de alta mole... (el ancla sería el cuerpo también, y el delfín la gracilidad del espíritu, momentánea y tristemente aprisionada y detenida en la obstinación del mordisco ancórico enamorado de los fondos con los que copula en abisales y contundentes polvaredas de lento limo revolviendo entre las más densas (barómetricamente) ondas) o en la rémora que detiene, como el cuerpo en que encarnamos, la celeridad del dardo que son las operaciones del alma, y la lastran con su tenaz válvula frontal gelatinosa –tal es la ventosa que posee la echeneis- (recordar el emblema de la rémora y el dardo de Alciato).
Bueno, corro el riesgo de la demencia más tremenda, tiende a una hipérbole insalvable ya Pegaso y vibra el carro, los clavos se aflojan de sus quicios y quieren saltar: ya naufraga este Faetón depravado en que estoy derramando a chorros esta pneumatorrea imparable y no menos lasciva que la de la masturbación que es como una vía láctea que de mis extasiadas sienes –que no de los mis senos, como Juno, (y ya la proximidad fónica de sienes y senos me vaticina que estoy en un nivel de lengua divino que encuentra reflejos espejados hasta en los más recónditos niveles de sentido y me abisma en el horror de mil espejos en vertiginoso derrumbe ontológico- chorrea en agrietadísimo dique o raja, por hacha no menos insidiosa que aquella con que rajó Mercurio el cráneo de Zeus y sacó a Minervita...

Misteriosamente, a menudo sucede que alguien ve en alguna cosa algo, de un modo más profundo que quien fundó la cosa, es decir, se convierte en autor de algo más penetrante que el mismo primer autor de la cosa. Esto se da quizás en este caso pues, al parecer, el emblema había sido pensado solamente como una alegoría de la navegación en homenaje al dios Neptuno (ancla y delfín).
Pero con solución de coninuidad: servir a Dios y a su Amor.

Vida y libros, sueños y viajes.

Vida y libros, sueños y viajes.


Hay una frase de sabiduría oriental que intenta advertirnos acerca del carácter pasajero (y en definitiva ilusorio) de esta vida temporal y física. Compara las penurias y las preocupaciones que nos rodean en la vida con las ensoñaciones de los durmientes, fraguadas por ellos mismos.

Expresada en forma de pregunta retórica, dice así: ¿Acaso el durmiente que despierta de un sueño en el que veía un naufragio con moribundos por doquier, seguiría afligido por ellos al despertar de su sueño?.

Quizás este pensamiento, llevado a ultranza y aplicado a cierta ataraxia e indiferencia por lo que sucede a las personas que nos rodean, reduciéndolas a meros espejismos de nuestra fantasía, sea excesiva.

Pero tal vez, en cuanto a las vicisitudes que suelen aquejarnos y que nos lastran de un peso demasiado insoportable, a veces, para sobrellevarlo, tenga razón, y lo más saludable para el espíritu sea no hacer nada de caso ante problemas que, en caso de llegar la hora de la trascendencia postrera, serían niebla como la que sobre el río se evapora, al despuntar la mañana; el tipo de amargura que incluso nos hará esbozar una sonrisa cuando la veamos de lejos, en el futuro, según la frase virgiliana: Forsan et haec olim meminisse iuvabit, En un futuro, quizás incluso estas cosas serán agradables de recordar...>

Relacionado con lo que he comentado, quisiera poner de relieve en este post un pensamiento que se me viene configurando después de mi último viaje, y que involucra esta naturaleza paulatinamente evanescente que mancomuna a los libros (observable sobre todo en las novelas largas) los viajes, las vidas y los sueños.

Sabemos que el sueño que nos ha oprimido a la madrugada va desvaneciéndose hasta desaparecer, a medida que el tiempo transcurre, y es lo que reflexiona la filosofía que expuse en el primer párrafo.

Pero también los libros, los viajes y aun la vida, en última instancia, participan de ese entramado deletéreo y pasajero, demostrando que, como en la doble inscripción del anillo que David regala a Salomón, gam ze iabor, esto también pasará, porque independientemente de su carácter dulce o amargo, todo pasa...

Es algo que podemos observar en la lectura de un libro, de una novela que nos absorbe y fagocita lentamente en su mundo de personajes y tramas complejas: poco a poco nos va envolviendo y atrapando, hasta que somos plenamente parte de su torbellino. Pero una vez que la hemos terminado, imperceptiblemente nos vamos liberando de su embrujo, y pasadas dos páginas de la siguiente novela, a la primera ya la hemos dejad atrás, de manera que si bien la recordamos, ha perdido la vívida médula de su inminencia, esa que nos sobrecogía mientras la leíamos.

Los viajes son de la misma materia, porque una vez que los hemos agotado, y embarcados después en otro nuevo, lo que de una manera tan encarnada y poderosa nos enfrascaba en un nuevo horizonte va desdibujándose y cediendo paso al siguiente viaje... spatium discrimina fallit decía Ovidio en sus Metamorfosis, la distancia (en el tiempo y el espacio) desdibuja los contornos y las consideraciones...

Llevado a ultranza, ese olvido de lo que vamos dejando atrás y que nos indica que debemos poder cortar, como el lastre de un globo aerostático para que se eleve, sucede con el máximo de los viajes, la mayor de la novelas, el más conciso de los sueños: la vida. Y ello es lo que intenta decirnos la sabiduría hindú del primer párrafo: que una vida no es más que una encarnación, y que todos sus temores, sus afanes y sus cuitas se disgregarán en la siguiente vida y en la próxima estación (porque el viaje del alma es infinito, cosa que no me molesta, mientras sea cierto que a esa travesía sin fin la realicemos siempre en compañía de las almas que verdaderamente amamos).

Una lenta y despreocupada disgregación del pasado para avanzar hacia la utopía del indeterminado y libre infinito... Y la razón de esa lenta disgregación del pasado es la fuerza imparable del porvenir, que DEBE hacernos seguir adelante y no aferraros a nada del pasado, impidiéndonos el arte y la ciencia del vivir, y que tan bien comentó Dante cuando expuso, aconsejando no detenernos demasiado en las cosas que nuestro paso por la vida va descubriendo en el mundo, y en el espectáculo de imbecilidades que muchos seres humanos nos ofrecen con sus desaguisados y descabellados excesos: Riguarda e passa, e non ti curar di loro, Observa y sigue adelante, no te preocupes por ellos.

Viajes, deconstrucción, reconstrucción y Jung

Viajes, deconstrucción, reconstrucción y Jung


En los profundos encuentros conmigo mismo que emprendo durante mis viajes, aprendí a reconstruirme, a encontrar mi arquetipo de perfección, a esculpirme espiritualmente y a afianzar mis pasiones internas.

Una búsqueda helicoidal, como si se recorriera un laberinto, y donde las vueltas en torno a un centro hipotético y anhelado van acercándose cada vez más a ese zenit, hasta que lo enfocan... la tarea de la individuación que postula Jung, el recorrido del héroe que debe conocer sus monstruos internos y domesticarlos, para uncirlos al carro de su alma, antes que destruirlos.

Ese trabajo y ese viaje, que consisten en una lenta reconstrucción y reordenamiento de los fragmentos dispersos que, de uno mismo, están en nuestro interior, es una de las metas que me impongo en mis travesías.

Porque la fricción con el medio social resulta desgastante, sobre todo para aquellos que atesoramos un tipo psicológico introvertido y reflexivo, y que somos quienes más gastamos energía cuando se trata de luchar e interactuar con el mundo exterior.

Ese intercambio produce una segmentación y una deconstrucción que solamente puede remontarse por un camino inverso, en una labor interior de índole alquímica, sutil, con delicadísimos dosajes de mezclas donde intervienen sustancias espiritualmente volátiles y de difícil obtención y atesoramiento.

Los viajes son uno de los métodos más productivos para desandar la disgregación de las tareas cotidianas y sociales más profanas, que son como vientos destructivos para la calma del ánimo interno.

Regresar a la foresta amable y a su penumbra vespertina, plena de esa luz opalina que sólo el útero puede representar en el mundo físico, o los atardeceres y amaneceres, entre las frondas de una espesa arboleda o una caverna... entendiendo y palpando como suaves terciopelos las inclinaciones, los ideales y las utopías que me encienden.

Esa decantación, ese refinamiento son lo que me permite rearmarme, ensamblarme y darle flamante cohesión a mi espíritu, y por eso mis periplos de viajero son solitarios, en su mayor parte.

Levantar la imponente arquitectura interna de mis palacios mentales, afectivos y de comprensión del universo, tal es el primer motor y norte de mis viajes.


Diego Márquez Robledo

Un hombre es todos los hombres

Un hombre es todos los hombres, una voz es todas las voces. El timbre de cada voz es, inexplicable pero felizmente, la conjunción de los ecos de todas las voces pasadas; de esta mixtura infinita, laberinto donde confluyen los sentires y valores de todas y de cada una de las culturas, la vivencia íntima y mística del poeta tiene la energía para iluminar tal vez uno o dos pasajes, pero con una llama tan intensa, que de pronto hace uno al que busca y a lo buscado. Entonces desaparecen los horizontes, las distancias, los límites... Amante y amado se abrazan, sed ardiente y agua helada se tocan, peregrino y templo se funden. Esa unión alquímica permite entender una época, un pueblo, una forma de sentir y de vivir, con una claridad aterradora y secreta; no se puede predicar algo de lo que se ve, más bien se lo acaricia, se lo saborea como a una columna de incienso o a una última fruta.
Después de muchos contactos, de muchos éxtasis de silencioso acariciar la estética que nos hace crecer alas, la negra piedra del silencio se sublima: el que antes contemplaba mudo una belleza inefable, que sólo él entendía pero que no podía manifestar, adquiere potencia para expresarlo en palabras, para volver a la caverna y cantar lo que ha visto. Fuego oscuro y helado se ha hecho Logos ardiente y luminoso en el crisol de la lengua del poeta.
Sin embargo, así como al iluminado se lo lapida cuando regresa a la humedad de la caverna, así también es censurado el poeta cuyo corazón se ha encendido en alguna antigua estética. Mucho más cuando esa estética está ahogada por el prejuicio, cuando a sus monumentos se los ha catalogado y enjuiciado y condenado a la crítica estéril, a prolijos estudios exhaustivos, que analizan y destrozan y recortan y embalsaman un animal muerto, como cuando olas de limo tibio e inservible y capas de sedimentos cubren para siempre un animal vivo, y lo convierten en un fósil.
Cuando un poema de Safo, o un pasaje de Homero no inspiran más que una relación numérica, un índice de frecuencia, o un ininteligible cuadro de correspondencias y de miserables flechas, antes que un escalofrío en el plexo solar, antes que un hormigueo en las manos, antes que un vapor que sube por la columna hasta la coronilla, hay que reflexionar si el poeta estaría feliz con ello; si la temblorosa Safo, si el espléndido Homero estarían felices.
Muchas filologías son máscaras de misologías, que desprecian, o más bien temen la creación a partir de las obras antiguas, y esconden la mediocridad y la ignorancia bajo la máscara del respeto. Convierten así las obras más bellas del mundo, compuestas cuando todo era diáfano, prístino y brillante y fresco como un río de aguas rumorosas, en un pedazo de hierro seco, incapaz de engendrar ya nada.
Las obras clásicas, por el contrario, son dúctiles, viviente verdor de los bosques sagrados del espíritu, dúctiles y dulces, como que son de oro.

De la Pneumatorrea

De la Pneumatorrea

Toda emisión de significado es una pneumatorrea, flujo que entraña la intencionalidad e involucra una encarnación del mundo espiritual, al modo de un pinzamiento que especifica e individualiza ese ápeiron o ilimitado de inteligencia que se halla en un escalón vibratorio estelar o supraceleste. Por otra parte, no toda emanación pneumática es emisión de significado, pues puede ser involuntaria, tal como sucede con la eyaculación del semen en las poluciones nocturnas o las hemorragias.
No hay pneumatorrea propiamente dicha sin voluntad e inteligencia. Las principales de las pneumatorreas son la emisión de la voz, la mirada y la gesticulación. Pero hay otras, veladas, que operan por fascinación y bombardean el inconsciente del interlocutor, evadiendo su consciente, por lo que son subrepticias y muy peligrosas, porque trasponen la barrera del consciente burlando su profilaxis si el receptor no está en guardia, y eyaculan su carga semántica en el aparato fantasmático de los incautos sin siquiera que éstos se enteren. Éste es el modo principal de la fascinación y la manipulación del individuo y las masas.
La proferición de mensajes ocultos sirviéndose de perfumes adecuados, prestidigitaciones o súbitas líneas de energía con el movimiento del cuerpo, los colores y el tipo de indumentaria que el emisor usa, convidar determinada golosina, son formas recónditas de inyectar significados y programar el pensamiento ajeno de los otros para manejarlos y dirigirlos. Un buen uso de estas técnicas pone a los pies del mago a todo su entorno y lo convierte en un eje que gobierna a la multitud de humanos dormidos desconocedores de estos corredores latentes, por donde el mago sabe conducir su voluntad, sus aspiraciones y ocultos propósitos.
Quien despierte a estas realidades, a este lenguaje poderoso de gramática esotérica, y ose usarlo sin prejuicios ni restricciones, con eficacia y energía, logrará ver realizados sus anhelos más ardientes, adquiriendo ascendiente sobre todo sujeto, potenciando grandemente su magnetismo y convirtiéndose en un eje emisor de unas energías, administrador, capitalizador y distribuidor todopoderoso de otras, tanto más eficaz cuanto más desinhibido sea y se haya liberado de toda piedad con que cultura o naturaleza intenten dominarlo.

II
De la pneumatorrea en los cantantes barrocos y especialmente en los castrati

Por otra parte hay que saber que el teatro barroco, inspirado en la arquitectura de Andrea Palladio, los trabajos de Luca Pacioli sobre el número áureo, y finalmente en Vitruvio y los X libros de su De Arquitectura (cuyo hipotexto es a su vez el estudio de las reliquias egipcias como el templo de Luxor o el de Karnak), no es ni más ni menos que el gran condensador fluidico, maquina amplificadora que pone en el foco al cantante y distribuye por las gradas escalonadas, dispuestas al modo del orden y sistema del cosmos, a los receptores de ese punto de imantación, ese polo magnético que es el centro del escenario. Las escenografías en perspectiva no son más que reflectores de ese mecanismo.
El teatro se configura como una mimesis de los diferentes órdenes que colaboran en la realidad, las jerarquías ontológicas que al ascender, cual escala de Jacob, se vuelven más y más afines con la Unidad última. A todos llega la magia de la voz.


III
De la fascinación visual potenciada por el brillo de la esclerótica


Una emisión particularmente eficaz de pneumatorrea es a través de los ojos. La pupila envía haces de pneuma que impregnan poderosamente al receptor. Pero si esta emisión se ve reforzada por el brillo del blanco del ojo en miradas tremendas, el haz se potencia de manera espectacular. El filamento de pneumatorrea principal, emanado por la pupila desde el centro del ojo (que es el más cargado de logos) se dispara con la ayuda del afluente de la esclerótica, cuyo punto de emisión es generalmente la parte inferior externa (la más lejana al lagrimal). Este chorro de pneuma es más bruto, es decir no tiene la pureza cargada de inteligencia superior del haz que emana de la pupila, donde se halla la porción de alma más pura que se muestra, sino que es más violenta e irracional. Por eso cuando ambos ríos se mezclan, se forma un torrente poderoso muy apto para fascinar, dominar, y aterrorizar al receptor. Es la mirada tremenda.
Una sola mirada tremenda, bien administrada por el mago, deja grabada una marca en el receptor similar a un “arañazo mágico astral”, que le generará respeto, admiración o terror incontenibles hacia el mago, y cada vez que en su aparato fantasmático, así intervenido por el mago, se presente el fantasma de éste, se despertará como un fantasma ligado indisolublemente a la imagen de la persona, el sentimiento que lo acompaña. Sólo un esfuerzo del receptor utilizando fuerza de su plexo solar puede minimizar, bloquear o borrar el fantasma auxiliar que acompaña la imagen del mago en su mente.
Esta programación de los sujetos que queremos enlazar, (sea para su acercamiento o alejamiento) es de gran poder.

IV
De los movimientos corporales
modernamente estudiados por la kinesia

La mano es un como un jeroglífico potentísimo. Lo prueba el hecho de que ella misma aparezca en todos los sistemas jeroglíficos del mundo. Es un conductor excelente de pneuma, tanto como el ojo. A través de sus movimientos se distribuyen mensajes y significados de gran poder y eficacia. Es una máquina encauzadora y directriz de infinitos matices de significado, lo cual actúa invocando las corrientes de pranah y pneuma y, así como las cuerdas de un laúd o cualquier instrumento musical, trabajando con el sonido, tensan ese flujo vibratorio y lo sellan, así la mano, a través de su diseño divino, distribuye el flujo inteligente y lo rubrica con el significado que pretenda comunicar, emanándolo al receptor. Así, al igual que en la música la diferente extensión de la cuerda que se hace vibrar obedeciendo la escala heptatónica -cuyas medidas encontrarás en Pitágoras y en Gaffurio-, y los juegos infinitos que así se producen de armonía, contraste, disonancias y contrapuntos, lo mismo produce la mano, pero no con el sonido (aunque sí algunas veces ). Es entonces, el movimiento de las manos, una música también.
El diseño de la mano encarna una sabiduría de fuente divina primerísima. Deben ser estudiadas sus complejas proporciones. Cinco dedos (diez en total, que es el número pitagórico y el de la iod (mano en hebreo, que es el número encarnado por esta letra también ).
Los flujos astrales que riegan al hombre durante su existencia carnal se plasman, se distribuyen (y quizás actúan) a través de los río s que son las líneas y caracteres de su palma, mantenidas como en secreto para que las revele sólo a sus íntimos. Las estudia la quiromancia, según la ciencia fue confiada a los hombres a través de un pergamino escrito en lámina áurea y que fue dada por Apolo a su hijo Esculapio, o según otros, Mgercurio bajó de los cielos.
Tan excelente es el poder de la mano que la muñeca , en su base, revela realidades relacionadas con el estado de la energía de la persona, y su sensibilidad. Unas muñecas flexibles denotan persona delicada y elevada, por lo general. Muñeca firme, un sujeto de palabra y sin dobleces. Pero si lo es demasiado, la persona es desconfiada, o de poca educación y baja evolución. Por el contrario, una muñeca excesivamente flébil denota un amaneramiento extremo, consunción por anemias saturnales, falta de vigor vital, o incluso víctima vampírica.
El número que brilla en la mano son la Péntada y la Década, magnificadas en la Triacontíada en las articulaciones.
Como el chasquido y el aplauso, pero no operando por partición ordenada como las cuerdas, sino por proferición sencilla y no articulada de sonido.
recordar que el carácter de la iod en el alfabeto hebreo primitivo es una esquematización de la mano.