Vida y libros, sueños y viajes.
Hay una frase de sabiduría oriental que intenta advertirnos acerca del carácter pasajero (y en definitiva ilusorio) de esta vida temporal y física. Compara las penurias y las preocupaciones que nos rodean en la vida con las ensoñaciones de los durmientes, fraguadas por ellos mismos.
Expresada en forma de pregunta retórica, dice así: ¿Acaso el durmiente que despierta de un sueño en el que veía un naufragio con moribundos por doquier, seguiría afligido por ellos al despertar de su sueño?.
Quizás este pensamiento, llevado a ultranza y aplicado a cierta ataraxia e indiferencia por lo que sucede a las personas que nos rodean, reduciéndolas a meros espejismos de nuestra fantasía, sea excesiva.
Pero tal vez, en cuanto a las vicisitudes que suelen aquejarnos y que nos lastran de un peso demasiado insoportable, a veces, para sobrellevarlo, tenga razón, y lo más saludable para el espíritu sea no hacer nada de caso ante problemas que, en caso de llegar la hora de la trascendencia postrera, serían niebla como la que sobre el río se evapora, al despuntar la mañana; el tipo de amargura que incluso nos hará esbozar una sonrisa cuando la veamos de lejos, en el futuro, según la frase virgiliana: Forsan et haec olim meminisse iuvabit, En un futuro, quizás incluso estas cosas serán agradables de recordar...>
Relacionado con lo que he comentado, quisiera poner de relieve en este post un pensamiento que se me viene configurando después de mi último viaje, y que involucra esta naturaleza paulatinamente evanescente que mancomuna a los libros (observable sobre todo en las novelas largas) los viajes, las vidas y los sueños.
Sabemos que el sueño que nos ha oprimido a la madrugada va desvaneciéndose hasta desaparecer, a medida que el tiempo transcurre, y es lo que reflexiona la filosofía que expuse en el primer párrafo.
Pero también los libros, los viajes y aun la vida, en última instancia, participan de ese entramado deletéreo y pasajero, demostrando que, como en la doble inscripción del anillo que David regala a Salomón, gam ze iabor, esto también pasará, porque independientemente de su carácter dulce o amargo, todo pasa...
Es algo que podemos observar en la lectura de un libro, de una novela que nos absorbe y fagocita lentamente en su mundo de personajes y tramas complejas: poco a poco nos va envolviendo y atrapando, hasta que somos plenamente parte de su torbellino. Pero una vez que la hemos terminado, imperceptiblemente nos vamos liberando de su embrujo, y pasadas dos páginas de la siguiente novela, a la primera ya la hemos dejad atrás, de manera que si bien la recordamos, ha perdido la vívida médula de su inminencia, esa que nos sobrecogía mientras la leíamos.
Los viajes son de la misma materia, porque una vez que los hemos agotado, y embarcados después en otro nuevo, lo que de una manera tan encarnada y poderosa nos enfrascaba en un nuevo horizonte va desdibujándose y cediendo paso al siguiente viaje... spatium discrimina fallit decía Ovidio en sus Metamorfosis, la distancia (en el tiempo y el espacio) desdibuja los contornos y las consideraciones...
Llevado a ultranza, ese olvido de lo que vamos dejando atrás y que nos indica que debemos poder cortar, como el lastre de un globo aerostático para que se eleve, sucede con el máximo de los viajes, la mayor de la novelas, el más conciso de los sueños: la vida. Y ello es lo que intenta decirnos la sabiduría hindú del primer párrafo: que una vida no es más que una encarnación, y que todos sus temores, sus afanes y sus cuitas se disgregarán en la siguiente vida y en la próxima estación (porque el viaje del alma es infinito, cosa que no me molesta, mientras sea cierto que a esa travesía sin fin la realicemos siempre en compañía de las almas que verdaderamente amamos).
Una lenta y despreocupada disgregación del pasado para avanzar hacia la utopía del indeterminado y libre infinito... Y la razón de esa lenta disgregación del pasado es la fuerza imparable del porvenir, que DEBE hacernos seguir adelante y no aferraros a nada del pasado, impidiéndonos el arte y la ciencia del vivir, y que tan bien comentó Dante cuando expuso, aconsejando no detenernos demasiado en las cosas que nuestro paso por la vida va descubriendo en el mundo, y en el espectáculo de imbecilidades que muchos seres humanos nos ofrecen con sus desaguisados y descabellados excesos: Riguarda e passa, e non ti curar di loro, Observa y sigue adelante, no te preocupes por ellos.
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