viernes, 16 de marzo de 2012

Un hombre es todos los hombres

Un hombre es todos los hombres, una voz es todas las voces. El timbre de cada voz es, inexplicable pero felizmente, la conjunción de los ecos de todas las voces pasadas; de esta mixtura infinita, laberinto donde confluyen los sentires y valores de todas y de cada una de las culturas, la vivencia íntima y mística del poeta tiene la energía para iluminar tal vez uno o dos pasajes, pero con una llama tan intensa, que de pronto hace uno al que busca y a lo buscado. Entonces desaparecen los horizontes, las distancias, los límites... Amante y amado se abrazan, sed ardiente y agua helada se tocan, peregrino y templo se funden. Esa unión alquímica permite entender una época, un pueblo, una forma de sentir y de vivir, con una claridad aterradora y secreta; no se puede predicar algo de lo que se ve, más bien se lo acaricia, se lo saborea como a una columna de incienso o a una última fruta.
Después de muchos contactos, de muchos éxtasis de silencioso acariciar la estética que nos hace crecer alas, la negra piedra del silencio se sublima: el que antes contemplaba mudo una belleza inefable, que sólo él entendía pero que no podía manifestar, adquiere potencia para expresarlo en palabras, para volver a la caverna y cantar lo que ha visto. Fuego oscuro y helado se ha hecho Logos ardiente y luminoso en el crisol de la lengua del poeta.
Sin embargo, así como al iluminado se lo lapida cuando regresa a la humedad de la caverna, así también es censurado el poeta cuyo corazón se ha encendido en alguna antigua estética. Mucho más cuando esa estética está ahogada por el prejuicio, cuando a sus monumentos se los ha catalogado y enjuiciado y condenado a la crítica estéril, a prolijos estudios exhaustivos, que analizan y destrozan y recortan y embalsaman un animal muerto, como cuando olas de limo tibio e inservible y capas de sedimentos cubren para siempre un animal vivo, y lo convierten en un fósil.
Cuando un poema de Safo, o un pasaje de Homero no inspiran más que una relación numérica, un índice de frecuencia, o un ininteligible cuadro de correspondencias y de miserables flechas, antes que un escalofrío en el plexo solar, antes que un hormigueo en las manos, antes que un vapor que sube por la columna hasta la coronilla, hay que reflexionar si el poeta estaría feliz con ello; si la temblorosa Safo, si el espléndido Homero estarían felices.
Muchas filologías son máscaras de misologías, que desprecian, o más bien temen la creación a partir de las obras antiguas, y esconden la mediocridad y la ignorancia bajo la máscara del respeto. Convierten así las obras más bellas del mundo, compuestas cuando todo era diáfano, prístino y brillante y fresco como un río de aguas rumorosas, en un pedazo de hierro seco, incapaz de engendrar ya nada.
Las obras clásicas, por el contrario, son dúctiles, viviente verdor de los bosques sagrados del espíritu, dúctiles y dulces, como que son de oro.

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