Vocación paradojal de la verdad verdadera I. Frases de grandes hombres
Las grandes verdades tienen vocación de paradoja, porque la verdad única a la que remiten no es la de la razón discursiva y disyuntiva, que separa, sino a una verdad que se aprehende con el corazón y que, lejos de separar, trasciende las diferencias y las concilia. Las palabras de los Avatares de la humanidad son, por lo general, de esta rara especie. Algo siente uno en el pecho cuando las escucha, una voz íntima que asiente poderosamente con ellas. “Los últimos serán los primeros”, “dar para recibir”, “ama a tu prójimo como a ti mismo”… en todas ellas relampaguea un orden del ser que hemos olvidado, pero que recordamos, y si lo recordamos, hemos estado en ese nivel de existencia donde las polaridades caen obliteradas, y si hemos estado en él, existe. Volveremos.
Una frase hermosa respecto de esta coniunctio oppositorum es la del sabio Don Atahualpa:
La moneda que está en la mano,
tal vez se deba guardar;
la moneda que está en el alma,
se pierde si no se da:
¡qué frase!... resuelve milagrosamente la dicotomía, la batalla de la codicia y el egoísmo, divide aguas entre los dones del dinero y esos otros dones: los del talento y la generosidad!... ¡qué sabio Dios! nos ha dado a todos algún talento, y esa moneda del alma, al darla, se multiplica, no se agota como la terrena. La moneda del dinero debe guardarse y es prudencia; la del alma, debe entregarse, si no, se pierde. Es entregándola, compartiéndola, como se multiplica. Quizás siguiendo esta cábala bellísima con el corazón pleno es como Cristo, milagrosamente, al dividir el pan y los peces, los multiplicó. Tan fuerte es su amor, su fe, que aplicó la norma instalándola en el reino de la materia (Él es el Salvador) y logró una multiplicación de una división: sublimó los opuestos. También en el reino subatómico (he escuchado), cuando unas ciertas partículas son bombardeadas (sabrán los físicos cuáles) se dividen en otras tres, pero las resultantes tienen el mismo peso o carga que la partícula del punto de partida, y entonces se pregunta uno “¿fue dividida, fue partida, o fue multiplicada la partícula de base…?” dividir, por amor, es multiplicar en el reino de los cielos.
Esta lógica, este lenguaje que nos deja perplejos y que entiende aquel que está en secreto en el corazón, es el antiguo lenguaje de los emblemas, que condensa en una frase dos opuestos, los hermana, y los sublima en una verdad paradójica que es más verdad que un mero juicio afirmativo. Debería, de hecho, existir (fundarse) una nuevo tipo de oración, (que los antiguos conocieron y que trasciende al silogismo racional: el enigma, la voz del oráculo, la del símbolo) al lado de la afirmativa, la interrogativa, la apelativa y la expresiva: la paradójica…
“Vísteme despacio, que estoy apurado” decía Napoleón parafraseando el “Apresúrate despacio” de Augusto, que Pietro Bembo vio, con ojo providencial y más potente que el mismo que ideó el diseño , en el emblema de un denario de Vespasiano en el que se ve un delfín abrazando, enroscado, un ancla. Otros poetas de la imagen encarnaron esta verdad de la prudencia unida a la celeridad de la acción por medio de otras criaturas: un cangrejo (animal de la prudencia por su paso) llevado por una mariposa (volatilidad); una doncella apoyándose en frágil equilibrio en una sola pata de su escabel, sosteniendo una tortuga y un par de alas… Andrea Alciato, en sus emblemas, es tal vez quien puso en el tablero todo su humor y le gastó una sutil broma al mismo emblema, invirtiéndolo: una rémora envolviendo una flecha. El mensaje es el mismo: prudencia y rapidez a la vez. Pero esta vez, lo sutil y alado es la flecha, (el objeto) mientras que lo denso y fijo es la rémora, (el animal).
Yo también he jugado con lo símbolos y les he gastado una chanza que les ha gustado y por la que me han aceptado amigablemente en su círculo de belleza, como un acepto hermano de su (de nuestra) cofradía: fue cuando vi en el elefante sosteniendo un obelisco (emblema que aparece en la Hypnerotomachia de Polifilo, Venetiis, 1499, imprenta de Aldo Manuzio) algo específico.
El emblema representa el intelecto unido a la materia el hombre, ese magnum mysterium… la encarnación, pues el obelisco, con sus jeroglíficos, evoca lo intelectual y lo divino; el rugoso y macizo paquidermo, la materia… pues bien, yo vi en ese emblema la prefiguración del castrato: ese ser híbrido de voz angelical y aguda (la aguja del obelisco) y de cuerpo denso y rugoso (el elefante); el castrado que vive gratia artis; la belleza del arte por el arte, por la vocación de sí misma, como un ouroboros exquisito, autodependiente y autónomo ... pasé la prueba con ese juego y los símbolos me abrieron su reino, su fontana de la vida, su fuente de Juvencia, donde a veces me refresco de esta tórrida existencia literal, sin símbolos, sin enigmas, rejuveneciendo la naturaleza soñadora de mi alma, y liberándola de la cárcel del materialismo de esta época.
Vocación paradojal de la verdad verdadera II. Los emblemas, los símbolos y la belleza
Hablaba en el texto anterior (y refería a éste) acerca de la reelaboración de un símbolo carísimo a los humanistas ya desde la obra de Francesco Colonna: La Hypnerotomachia Poliphili; el elefante con el obelisco en el lomo, que luego erigió Bernini en la Piazza della Piccola Minerva, en Roma. ¿por qué? El elefante sería el cuerpo rugoso y paquidérmico del castrato (ya Horacio se mofaba de los eunucos de Cleopatra y los comparaba con elefantes), su brutal pesadez, la elefantiasis primero de su cuerpo y luego de la ornamentación barroca, su recargado lujo, su esencial excrescencia barroca, esa metástasis de rocailles del rococó, ese cáncer imparable del tejido barroco (recordar a la ciencia de la teratología como una fuerte fascinación del barroco y de su morbosidad) y el delgadísimo obelisco en punta de aguja en su espalda -voici la grâce même du sujet)- su voz acutissima, sutilísima que, renegando y venciendo de su pesadez patente en ser mole terrestre, lo eleva al cielo. Así, en el oxímoron visual que conjuga pesadez barroca, melancolía corpórea de lo aplastante y acuoso en lo horripilante de un cuerpo mutilado y fofo por un lado, y por otro los éxtasis luminosos en el hilo de voz que se sublima en la ascendente y flamígera aguja -llena de jeroglíficos, como señal de pertenecer al mundo divino e intelectual de las ideas por oposición a la gris y ciega materia del cuero elefantino- se cierra por fin la esencial condición que es vocación de los emblemas: coincidentia oppositorum, pesadez maridada con espiritualidad, el mecanismo mismo de la melancolía, que a través de su réprobo hundirse en las oscuridades de una fuerte decepción, justamente por eso, logra la redención última y corona lo que ficticiamente aborrece y, huyendo vampíricamente de la luz en su desesperarse ya de la salvación, la consigue por una especie de abrazo-treta que no ve lo que logra acaparar y que, sólo por no verlo, lo consigue, como el abrazo ideal de Orfeo: el que no fue capaz de satisfacer la petición de los mezquinos y exigentes dioses del Erebo y, queriendo asir a Eurídice, por eso, la pierde para siempre o como la única manera de hacer que una estrella o el sol sean captados por el ojo: trampeándolos y mirándolos con la mirilla… en fin, como el buscar a tientas con escudo espejado de Perseo entre las nieblas, el cuerpo dormido de Medusa, que rastreaba mirando en el espejo y caminando hacia atrás, por espejo-escudo retrovisor para no ver directamente...
Por otra parte, este jeroglífico hermético representa, en una lectura de clave universal, la condición misma de todos los seres humanos (como el del ancla y el delfín) y es análogo a la cruz misma, pues el elefante es la cruz, el cuerpo, la dificillima tarea de la encarnación -recordar que cruz, tiene la misma etimología que kréas: carne) y el obelisco, lo sutil del alma encadenada a esa prisión de alta mole... (el ancla sería el cuerpo también, y el delfín la gracilidad del espíritu, momentánea y tristemente aprisionada y detenida en la obstinación del mordisco ancórico enamorado de los fondos con los que copula en abisales y contundentes polvaredas de lento limo revolviendo entre las más densas (barómetricamente) ondas) o en la rémora que detiene, como el cuerpo en que encarnamos, la celeridad del dardo que son las operaciones del alma, y la lastran con su tenaz válvula frontal gelatinosa –tal es la ventosa que posee la echeneis- (recordar el emblema de la rémora y el dardo de Alciato).
Bueno, corro el riesgo de la demencia más tremenda, tiende a una hipérbole insalvable ya Pegaso y vibra el carro, los clavos se aflojan de sus quicios y quieren saltar: ya naufraga este Faetón depravado en que estoy derramando a chorros esta pneumatorrea imparable y no menos lasciva que la de la masturbación que es como una vía láctea que de mis extasiadas sienes –que no de los mis senos, como Juno, (y ya la proximidad fónica de sienes y senos me vaticina que estoy en un nivel de lengua divino que encuentra reflejos espejados hasta en los más recónditos niveles de sentido y me abisma en el horror de mil espejos en vertiginoso derrumbe ontológico- chorrea en agrietadísimo dique o raja, por hacha no menos insidiosa que aquella con que rajó Mercurio el cráneo de Zeus y sacó a Minervita...
Misteriosamente, a menudo sucede que alguien ve en alguna cosa algo, de un modo más profundo que quien fundó la cosa, es decir, se convierte en autor de algo más penetrante que el mismo primer autor de la cosa. Esto se da quizás en este caso pues, al parecer, el emblema había sido pensado solamente como una alegoría de la navegación en homenaje al dios Neptuno (ancla y delfín).
Pero con solución de coninuidad: servir a Dios y a su Amor.
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