Monedas, almas, ideas y palabras
En algunos de mis sueños se produce un extraño fenómeno, y es el de que las monedas “son” palabras. Cómo, no lo sé, pero en esa lógica crepuscular (con la luz suave de un amanecer, seguramente, a un nuevo y más lucido nivel de existencia, que no de un ocaso) entiendo, o se me presenta la realidad de que las monedas son palabras, o son conceptos y viceversa, las palabras son monedas de otros mundos vibracionales. Durante el sueño, me resulta de lo más natural que así sea.
Ello me ha hecho reflexionar sobre ciertos pensamientos que me vienen rondando desde hace ya tiempo, y es la relación entre monedas y conceptos (ideas platónicas), entre monedas y almas, y entre monedas y palabras.
Las ideas divinas, los arquetipos platónicos, son perfectas y eternas, pero al manifestarse en esta realidad material, sufren menoscabo.
Cada individuo participa de la idea divina encarnándola en materia (sean árboles, hombres, cosas…), ahora bien, la materia en la que estas formas inmutables toman cuerpo, a veces las cristalizan imperfectamente, lo cual no implica que la idea en sí no sea perfecta. El mal surge así de cierta “resistencia” de la materia (resistencia que puede ser carencia o abundancia, y así surgen las deformidades físicas, las excrecencias, los defectos), en su receptividad de las formas perfectas.
La idea (género) “sufre” al materializarse, si no es perfecta (y nunca, al parecer, lo es) la receptividad, la pasividad de la materia. El instante inasible en que la materia y la forma copulan, interpenetrándose, tiene sus riesgos, seguramente en la falta de receptividad, de pasividad absoluta de la materia . Esa resistencia, que puede ser de variable, comparable con el miedo, con una interferencia de un aparato al recibir una señal, es lo que provoca el mal, el defecto. Esto, de cierta manera, alude también a la absoluta confianza que debe manifestar el alma en el momento supremo y su conformidad a la Misericordia divina, abandono sano tan difícil para el alma que ha pecado y se enfrenta con la belleza y la magnificencia de la Fuente de Amor que es el Padre Supremo.
El asunto de la unión forma-materia, idea-cosa, fue entrevisto y analogazo con el fenómeno de la producción monetaria o de sellos de especie semejante, al acuñarse el término arquetipo” para las ideas eternas. La palabra viene de primero, o rector (arkhé) y golpe (typos). La incorporación de la idea en la materia para actualizar a un individuo en el mundo material fue visto, arriesgo, como un proceso de acuñación o de estampado de un molde (idea) en cera (la materia) o en metal. Así, la producción de monedas -que justamente se divulgaba en Grecia hacia el siglo V-IV a.C. y era un fenómeno relativamente nuevo -, se toca con esta concepción de l estampado del las ideas para crear los seres de este mundo. Está también el tema del reflejo y del espejo, pues cada cosa es un reflejo, en el espejo de la materia, de los arquetipos.
Ahora bien, cada alma ¿qué relación tiene con los arquetipos? cada alma sería un reflejo de un único arquetipo perfecto (el Adam Kadmon) de los cabalistas, y su objetivo, tal vez, es encarnar lo mejor posible ese arquetipo, porque al regresar a él, el sufrimiento tal vez es mayor, en la medida en que más se haya alejado de ese ser bellísimo (la daena de los persas, nuestro doble perfecto, nuestro arquetipo al que debemos retornar).
La forma de que cada alma se moldee y emprenda el camino de regreso al Arquetipo sería, a su vez, su entrada en el reino de la carne, de la materia, el hombre sería una encarnación, por tanto, del alma que a su vez es un reflejo del Arquetipo que es Cristo.
Esto explicaría muchas frases oscuras de Jesús y otros iluminados, que involucran al “Hijo del Hombre” y a que Cristo esta en cada uno de nosotros. O quizá directamente lo que encarna en la materia es esta alma única y perfecta, pero al entrar en la materia sufre una cierta “kenosis” o sufre de su entrada en la carne, y su camino debe ser realizar el ejemplo de Cristo (justamente a través de la imitatio Christi) para regresar al arquetipo, ser rechazado por el Arquetipo, por no haber filtrado esos errores durante la vida, sería necesariamente volver a encarnar.
Las monedas, sobre todo las antiguas, ejemplificarían muy bien ciertas cosas que se producen en la encarnación del alma.
Cuando el flan de metal tiene excesivo material, no hay tanto problema, pues la imagen se imprime perfectamente, aunque sobra materia; si hay poco metal, en cambio, se producirán errores de defecto y la imagen no se verá bien, faltará materia, y esto afectará el diseño.
También se pueden producir infinidad de otros errores, por la suavidad excesiva del golpe del martillo, o incluso quebrarse el flan de metal si, por el contrario, el golpe es demasiado fuerte. Descentrados, mala calidad del metal, son otros tantos errores. Un caso aparte es el desgaste propio del circular de la moneda, que es natural, como lo es el desgaste de nuestro cuerpo durante la vida.
En el caso de las almas, el Amor borra y suple todos estos inconvenientes, en la interacción de las almas, de allí la virtud de la tolerancia, de la comprensión, de la no discriminación del diferente.
El arquetipo es uno y el mismo, pero cada ser humano (cada moneda) es diferente y tiene sus bellezas y defectos particulares.
viernes, 16 de marzo de 2012
Megalopsia, ouranoblepsia, opistoblepsia y catablepsia
Megalopsia, ouranoblepsia, opistoblepsia y catablepsia
Es justamente en el siglo XIII, el siglo en que los fantasmas y el pneuma de que éstos están hechos, son juzgados como autores del amor, el éxtasis, la memoria y la misma pasión por la vida vertiéndose hacia la divinidad, que surge un nuevo canon de belleza para la mujer y los cortesanos “incroyables”, los beaux Brummel, los dandys de la época: el uso de la belladona como narcótico, pero que paradójicamente no pareciera buscarse conscientemente -en este caso- en calidad de psicotrópico disparador de estados de conciencia alternativos, sino por un efecto exterior, que superficialmente se evalúa como embellecimiento cosmético: el efecto de la megalopsia. La belladona consumida en dosis suficientes tiene como efecto que las pupilas se distiendan y dilaten, abriéndose desmesuradamente y haciendo que los ojos de un sujeto, para quien lo contempla, se vuelvan tremendamente grandes y cambien radicalmente la expresión del consumidor de la belladona. El efecto así bautizó la planta: se juzga atractiva a la doncella que se ha servido de este afeite químico, y bello el mismo influjo producido sobre sus dilatados y asombrados ojos: bella-donna. Sin embargo la vocación puramente exterior de esta planta se revela cosmética no sólo para la exterioridad puramente física del sujeto devenido objeto en la contemplación del otro, sino para el sujeto mismo.
La megalopsia es sólo un efecto de la tormenta interior del coqueto que ha condescendido a disparar el resorte de la dilatación ocular y que está padeciendo sus efectos: un estado en que, unido al sopor, todo se ve más grande; las formas de los objetos cuyos fantasmas son inmediatamente erigidos por el sentido fantástico en la primera cámara del cerebro después de pasar por las siete túnicas oculares -ahora trocadas, alteradas por el jugo de la planta- penetran con más facilidad a través del ojo y generan, agigantados, fantasmas mucho más poderosos. El coqueto se ve impresionado por los objetos más sencillos, que se le vuelven prodigiosos. Fertilizante de sus jardines internos, los percusivos fantasmas generados por una visión hipersensibilizada por efecto del jugo, se siembran con mucha más fijeza en el campo de la memoria, y el imaginario del sujeto florece de un modo atroz: sus laberintos internos de la memoria se pueblan de estos ídolos de inusitada maravilla, a la vez que, por eso mismo, ellos se adhieren con vigor indeleble. El sujeto ha logrado una inversión de su fantasmática cosmetología. No sólo él, como usuario y pasivo receptor del efecto megalóptico de hyosciamina, se ha embellecido para el ávido ojo de quien lo contempla y disfruta el químico maquillaje, sino que, al ser él también sujeto de un proceso de visión, recepta la imagen de quien complacido lo contempla, embellecida y retocada. El fantasma de todo lo que contempla se embellece y entra en su fantasía en grand apparat. No es, pues tanto un maquillaje de sí mismo para verse atractivo ante quien lo contempla, sino que el espejado juego narcisístico es mucho más perverso: el uso de la belladona se convierte también y especialmente en un maquillaje de los otros, para que pasen a poblar sus estancias internas teratológicamente magnificados, y conviertan sus alcázares mnemónicos en delicados apartamentos amueblados con delicadas joyas, en miniaturasde resplandeciente y flamígero color. En soledad, la conversación con estas estatuas químicamente enjoyadas le será de más disfrute de lo que han sido las conversaciones furtivas con los insípidos prójimos reales, reinventados en un baile de máscaras -esta vez sí- perfecto.
II. Así como la megalopsia es el término para referirse a un fenómeno fantasmático considerado desde su perspectiva fisiológica, podríamos rebautizar, respectivamente, ouranoblepsia al éxtasis, opistoblepsia a la manía por la nostalgia y catablepsia al fatal abandono en la desesperación de la acidia y de la melancolía. En el primer caso porque, como el famoso pez que vigila tanto el agua que lo circunda para no ser presa de algún otro voraz habitante de las ondas, cuanto el aire que le es ajeno en busca de insectos que apresar y logra esta bilocación por medio de sus ojos divididos por la misma superficie del agua, compartiendo el ámbito aéreo y el acuoso y quedando al ras de la superficie, así el místico intenta comunicarse y, de cierto modo, apresar la divinidad que le es ajena a su ámbito de exilio por una mañosa costumbre de dirigir todas sus potencias anímicas a la contemplación interna, pero aferrado irremediablemente a la carne que habitará hasta su muerte. Se asoma unos instantes al otro lado y caza, cuando puede, un rayo del nivel ontológico máximo al que aspira, fundiéndose momentáneamente con la divinidad, y por eso su vigilancia y anhelo parece pedir el jeroglífico del pez ouranoblepas. Incluso la mímesis roza lo físico, pues irremediablemente el místico en éxtasis, aunque no por ello logre su objetivo, pone los ojos en blanco y fuerza sus órbitas hacia arriba, extraviando la mirada en una tensión que rubrica su pasión por lo superior. En el segundo caso, porque la opistoblepsia –opistos en griego: invertido, hacia atrás- es una metáfora del anhelo por el pasado que siente el nostálgico, el cual, en su deseo por desandar caminos que cree errados o por arribar a costas que le duele haber abandonado e intenta mirarlas a contramano del imparable dardo del tiempo que navega hacia delante, vuelve sus ojos a la rememoración. Finalmente, la catoblepsia, el mirar hacia abajo, símbolo del abandono y la renuncia por la búsqueda, que cuando más extraña se siente a lo que suspira por haber perdido, recobra nuevamente por súbita e insospechada ouranoblepsia de los sentidos internos, y siente que los ángeles lo vienen a rescatar ex hac tenebrarum valle.
Es justamente en el siglo XIII, el siglo en que los fantasmas y el pneuma de que éstos están hechos, son juzgados como autores del amor, el éxtasis, la memoria y la misma pasión por la vida vertiéndose hacia la divinidad, que surge un nuevo canon de belleza para la mujer y los cortesanos “incroyables”, los beaux Brummel, los dandys de la época: el uso de la belladona como narcótico, pero que paradójicamente no pareciera buscarse conscientemente -en este caso- en calidad de psicotrópico disparador de estados de conciencia alternativos, sino por un efecto exterior, que superficialmente se evalúa como embellecimiento cosmético: el efecto de la megalopsia. La belladona consumida en dosis suficientes tiene como efecto que las pupilas se distiendan y dilaten, abriéndose desmesuradamente y haciendo que los ojos de un sujeto, para quien lo contempla, se vuelvan tremendamente grandes y cambien radicalmente la expresión del consumidor de la belladona. El efecto así bautizó la planta: se juzga atractiva a la doncella que se ha servido de este afeite químico, y bello el mismo influjo producido sobre sus dilatados y asombrados ojos: bella-donna. Sin embargo la vocación puramente exterior de esta planta se revela cosmética no sólo para la exterioridad puramente física del sujeto devenido objeto en la contemplación del otro, sino para el sujeto mismo.
La megalopsia es sólo un efecto de la tormenta interior del coqueto que ha condescendido a disparar el resorte de la dilatación ocular y que está padeciendo sus efectos: un estado en que, unido al sopor, todo se ve más grande; las formas de los objetos cuyos fantasmas son inmediatamente erigidos por el sentido fantástico en la primera cámara del cerebro después de pasar por las siete túnicas oculares -ahora trocadas, alteradas por el jugo de la planta- penetran con más facilidad a través del ojo y generan, agigantados, fantasmas mucho más poderosos. El coqueto se ve impresionado por los objetos más sencillos, que se le vuelven prodigiosos. Fertilizante de sus jardines internos, los percusivos fantasmas generados por una visión hipersensibilizada por efecto del jugo, se siembran con mucha más fijeza en el campo de la memoria, y el imaginario del sujeto florece de un modo atroz: sus laberintos internos de la memoria se pueblan de estos ídolos de inusitada maravilla, a la vez que, por eso mismo, ellos se adhieren con vigor indeleble. El sujeto ha logrado una inversión de su fantasmática cosmetología. No sólo él, como usuario y pasivo receptor del efecto megalóptico de hyosciamina, se ha embellecido para el ávido ojo de quien lo contempla y disfruta el químico maquillaje, sino que, al ser él también sujeto de un proceso de visión, recepta la imagen de quien complacido lo contempla, embellecida y retocada. El fantasma de todo lo que contempla se embellece y entra en su fantasía en grand apparat. No es, pues tanto un maquillaje de sí mismo para verse atractivo ante quien lo contempla, sino que el espejado juego narcisístico es mucho más perverso: el uso de la belladona se convierte también y especialmente en un maquillaje de los otros, para que pasen a poblar sus estancias internas teratológicamente magnificados, y conviertan sus alcázares mnemónicos en delicados apartamentos amueblados con delicadas joyas, en miniaturasde resplandeciente y flamígero color. En soledad, la conversación con estas estatuas químicamente enjoyadas le será de más disfrute de lo que han sido las conversaciones furtivas con los insípidos prójimos reales, reinventados en un baile de máscaras -esta vez sí- perfecto.
II. Así como la megalopsia es el término para referirse a un fenómeno fantasmático considerado desde su perspectiva fisiológica, podríamos rebautizar, respectivamente, ouranoblepsia al éxtasis, opistoblepsia a la manía por la nostalgia y catablepsia al fatal abandono en la desesperación de la acidia y de la melancolía. En el primer caso porque, como el famoso pez que vigila tanto el agua que lo circunda para no ser presa de algún otro voraz habitante de las ondas, cuanto el aire que le es ajeno en busca de insectos que apresar y logra esta bilocación por medio de sus ojos divididos por la misma superficie del agua, compartiendo el ámbito aéreo y el acuoso y quedando al ras de la superficie, así el místico intenta comunicarse y, de cierto modo, apresar la divinidad que le es ajena a su ámbito de exilio por una mañosa costumbre de dirigir todas sus potencias anímicas a la contemplación interna, pero aferrado irremediablemente a la carne que habitará hasta su muerte. Se asoma unos instantes al otro lado y caza, cuando puede, un rayo del nivel ontológico máximo al que aspira, fundiéndose momentáneamente con la divinidad, y por eso su vigilancia y anhelo parece pedir el jeroglífico del pez ouranoblepas. Incluso la mímesis roza lo físico, pues irremediablemente el místico en éxtasis, aunque no por ello logre su objetivo, pone los ojos en blanco y fuerza sus órbitas hacia arriba, extraviando la mirada en una tensión que rubrica su pasión por lo superior. En el segundo caso, porque la opistoblepsia –opistos en griego: invertido, hacia atrás- es una metáfora del anhelo por el pasado que siente el nostálgico, el cual, en su deseo por desandar caminos que cree errados o por arribar a costas que le duele haber abandonado e intenta mirarlas a contramano del imparable dardo del tiempo que navega hacia delante, vuelve sus ojos a la rememoración. Finalmente, la catoblepsia, el mirar hacia abajo, símbolo del abandono y la renuncia por la búsqueda, que cuando más extraña se siente a lo que suspira por haber perdido, recobra nuevamente por súbita e insospechada ouranoblepsia de los sentidos internos, y siente que los ángeles lo vienen a rescatar ex hac tenebrarum valle.
Manifiesto del extático
Manifiesto del extático, celebrante del gozo íntimo de estar preñado con el universo en el punto divino de su corazón
Encarnaré mi arquetipo, el arquetipo que rige mi vida, hasta las últimas consecuencias. Lo llevaré a la perfección, porque esa es mi razón de ser: mantenerlo vivo en este plano de existencia, como defensor y encarnación permanente mientras tenga sangre para accionarlo. Soy el arcángel guardián y el demonio vengador de la beatitud sin dolor, de la felicidad sin culpa. Mi destino es el goce eterno e ilimitado, inocente y desinteresado.
¿Por qué pensar que la Divinidad podría ofenderse cuando lo realizo, si ella es quien me ha asignado esa tarea, la que me ha programado para su perfeccionamiento, haciendo este apetito vampírico la razón de mi existencia y el motor de mis deseos, y me ha premiado con tanta mayor felicidad por su cultivo cuanto más intenso es éste?...
¿Por qué pensar que es malo, mientras no dañe a nadie, el hambre voraz que aliento por la belleza y mi voracidad por los arquetipos de esplendor?
Los realizaré en toda la excelencia de su majestad. Accionaré con ímpetu imparable y con total vehemencia, hasta su pleno florecimiento, los resortes que madurarán su plenitud, en una fiesta de cenit y de auge; saciaré feliz esta pasión por lo sublime en que se cifra mi vida y mi deleite. Cúmplase el decreto de la Providencia que me ha dotado de tanto amor por la creación, por la fiesta y la maravilla de las cosas superiores, las geometrías angélicas y las configuraciones de la armonía, en una peregrinación cuya meta no es otra que la alegría del camino y las circunvoluciones de su búsqueda, y el premio máximo su completa consecución.
Es la energía suprema la que rige mis majestuosidades y mis éxtasis, no iré en contra de sus designios si los alimento, si fomento con la maestría de que he sido dotado sus impulsos por abrirse paso a los campos del ser. Soy el canal por el que circulan las mutaciones mismas de la belleza perfecta, de goce ilimitado sin perjuicio, de la beatitud de las estrellas. Proceden por manantiales cristalinos, a la vez que progresan en circunvoluciones espiraladas de íntimo festejo sus verdades trascendentales.
Danza el fénix del renacimiento y una eternidad de oro en el fuego de mis venas y mi plexo… veo con el ojo del corazón sus colores de crepúsculo, elevo hasta más allá de mi cabeza el chorro de luz que sube por la columna vertebral y que se estrella contra la bóveda craneana, abriéndose paso por entre los potenciales capullos de mis flores secretas, regándolas con la fertilidad de su inminencia. No hay cumbre más alta, no hay llanura más deliciosa, no hay descanso más sabroso, ni flor más perfumada abre su corola en los jardines de la tierra o del cielo. Preñado estoy de la fiesta del universo y los círculos que danza el infinito.
Coronemos con la gloria de la perfección esta felicidad que me regala sin límites la generosidad inconmensurable de la fuente para toda hermosura, que es de donde surge y a donde volverán mis batallas internas de música, mis tormentas de esplendor, mis estrategias de sublimación y mis ansias de libertad cósmica.
Encarnaré mi arquetipo, el arquetipo que rige mi vida, hasta las últimas consecuencias. Lo llevaré a la perfección, porque esa es mi razón de ser: mantenerlo vivo en este plano de existencia, como defensor y encarnación permanente mientras tenga sangre para accionarlo. Soy el arcángel guardián y el demonio vengador de la beatitud sin dolor, de la felicidad sin culpa. Mi destino es el goce eterno e ilimitado, inocente y desinteresado.
¿Por qué pensar que la Divinidad podría ofenderse cuando lo realizo, si ella es quien me ha asignado esa tarea, la que me ha programado para su perfeccionamiento, haciendo este apetito vampírico la razón de mi existencia y el motor de mis deseos, y me ha premiado con tanta mayor felicidad por su cultivo cuanto más intenso es éste?...
¿Por qué pensar que es malo, mientras no dañe a nadie, el hambre voraz que aliento por la belleza y mi voracidad por los arquetipos de esplendor?
Los realizaré en toda la excelencia de su majestad. Accionaré con ímpetu imparable y con total vehemencia, hasta su pleno florecimiento, los resortes que madurarán su plenitud, en una fiesta de cenit y de auge; saciaré feliz esta pasión por lo sublime en que se cifra mi vida y mi deleite. Cúmplase el decreto de la Providencia que me ha dotado de tanto amor por la creación, por la fiesta y la maravilla de las cosas superiores, las geometrías angélicas y las configuraciones de la armonía, en una peregrinación cuya meta no es otra que la alegría del camino y las circunvoluciones de su búsqueda, y el premio máximo su completa consecución.
Es la energía suprema la que rige mis majestuosidades y mis éxtasis, no iré en contra de sus designios si los alimento, si fomento con la maestría de que he sido dotado sus impulsos por abrirse paso a los campos del ser. Soy el canal por el que circulan las mutaciones mismas de la belleza perfecta, de goce ilimitado sin perjuicio, de la beatitud de las estrellas. Proceden por manantiales cristalinos, a la vez que progresan en circunvoluciones espiraladas de íntimo festejo sus verdades trascendentales.
Danza el fénix del renacimiento y una eternidad de oro en el fuego de mis venas y mi plexo… veo con el ojo del corazón sus colores de crepúsculo, elevo hasta más allá de mi cabeza el chorro de luz que sube por la columna vertebral y que se estrella contra la bóveda craneana, abriéndose paso por entre los potenciales capullos de mis flores secretas, regándolas con la fertilidad de su inminencia. No hay cumbre más alta, no hay llanura más deliciosa, no hay descanso más sabroso, ni flor más perfumada abre su corola en los jardines de la tierra o del cielo. Preñado estoy de la fiesta del universo y los círculos que danza el infinito.
Coronemos con la gloria de la perfección esta felicidad que me regala sin límites la generosidad inconmensurable de la fuente para toda hermosura, que es de donde surge y a donde volverán mis batallas internas de música, mis tormentas de esplendor, mis estrategias de sublimación y mis ansias de libertad cósmica.
Acerca de los tortuosos senderos del pensamiento cabalístico
Acerca de los tortuosos senderos del pensamiento cabalístico
La palabra habraqah en hebreo significa iluminación mística súbita, y desde una perspectiva cabalística podemos entenderla como una graficación instantánea del proceso (que no es tal sino que es inmediato) por el cual comprendemos una realidad trascendental no lógica ni discursiva; consiste en una vibración (resh) que se abre camino en el vacío (boq) y que produce así la chispa del rayo o relámpago (baraq) entre dos momentos de inspiración-exhalación (h-h), todo ello es un instante fulminante en el que se da este rayo que surge de la divinidad misma y desciende poniendo incandescente todo el árbol sephirótico (cuyo recorrido recuerda justamente la forma de un rayo)
Esto es el lo que se puede comprobar si analizamos (desplegamos) el término miqreh (coincidencia) que coincide letra por letra con la palabra miqrah (lectura), de manera que lo que se puede leer es lo escrito, es decir, una lectura es un despliegue de algo fijado, por lo que la coincidencia es la lectura de algo previamente fijado ; y si coincidencia (azar, casualidad) es algo fijado y escrito, hasta lo que para nosotros está liberado de las leyes de la causalidad (que es el modo como entendemos todo lo que proviene de la divinidad) también lo que parece caótico o azaroso proviene de ella.
El término y el concepto de miqrah involucra así por rotación o tsiruf a raq mi H (solamente a partir de la divinidad) de manera que en el seno mismo de la palabra hebrea para coincidencia hallamos su explicación: ella solamente puede provenir de la divinidad, se trata de algo liberado de la determinación divina, pero que a la vez y paradójicamente no se desprende de la divinidad ya que nada puede desprenderse de ella.
De manera que miqreh raq mi H es posible si proviene de la divinidad, aun cuando no provenga de Su causalidad, ya que si proviniera de la causalidad misma, no sería coincidencia ni azar, sino efecto de concatenación lógico-temporal, pero una coincidencia no es causalidad, sino casualidad por rotación de causa- en casua-.
Ahora bien, una indagación cabalística aun más profunda involucra el termino hebreo para solamente (raq). Consta de dos letras: la reish y la qoph, que naturalmente se hallan de espaldas en el orden que poseen en el alefato, ya que la qoph (que es santa, qadosh) se indigna y da la espalda a la reish (malvada, rashá); pero en raq ambas letras curiosamente no se encuentran de espaldas sino que se miran, de manera que la qoph condesciende a mirar incluso a la reish siendo ésta malvada, es decir, la divinidad no se aparta totalmente del malvado, sino que a pesar de que le repugna, lo sigue asistiendo, y transgrede por amor sus propias leyes, ya que si nunca mostrara su rostro, la reish (el malvado) dejaría de existir, pero la divinidad no lo desea, pues es mas fuerte su amor que sus propias leyes, tan duras e inflexibles como éstas puedan ser.
De manera que a veces D’os le muestra el rostro permitiéndole que viva, pero esto se da en la palabra sólo, de manera que el malvado experimenta la sensación de que la divinidad no lo ve, y sufre sus consecuencias: se siente abandonado, olvidado por la divinidad y no asistido, si bien el cabalista sabe que hasta en los momentos más fuertes en que se saborea el vacío la divinidad nos esta asistiendo aunque no gocemos de saber que nos mira, es decir, no gozamos de su rostro cuando obramos perversamente, pero no porque realmente nos lo oculte.
Si continuamos el despliegue cabalístico, vemos que la expresión raq mi H, solamente a partir de la Divinidad, una vez sustantivado el adverbio raq, forma soledad (apartamiento o vacío) de la presencia de la divinidad, de manera que una reflexión nos revelaría que una coincidencia es un acontecimiento del que la divinidad se desentiende, pero si colocamos entre comillas el término raq y sobreentendemos el verbo ser, comprendemos que este hueco o vacío, este solamente (=es, proviene) asimismo de la divinidad, es decir, también provienen de su voluntad inescrutable y tienen en Él su fuente, y no se originan por sí mismos (como nada puede hacerlo) de manera que hasta las coincidencias son realidades que, sin ajustarse a las leyes causales por la divinidad impuestas, provienen de Su infinitud no menos que de Su presencia y existencia.
Para retornar al primer párrafo de la presente indagación debemos decir que la iluminación espontánea del místico, por la cual recupera el estado paradisíaco, cuando un rayo enciende todo su árbol sephirótico, y lo recorre insuflándolo con el fuego primigenio del amor divino y la luz del comienzo, es un regalo que no tiene causa en ninguna conducta meritoria del místico, en la medida en que es una dádiva divina, y los canales se hallan completamente abiertos para quien los puede encontrar, o mejor dicho, para aquel a quien D’os quiere revelarles sus fuegos hasta el grado de esplendor que el místico pueda tolerar.
Porque en este caso se produce una casualidad, ya que la revelación de Su belleza al místico no es algo ganado con el esfuerzo, sino un regalo gratuito de la infinita generosidad divina, cuya fluidez (nozliur) es una luz (nur) gratuita y sin precio (zol), que se da a quien la busca, ¡bendito sea Adonay!
La palabra habraqah en hebreo significa iluminación mística súbita, y desde una perspectiva cabalística podemos entenderla como una graficación instantánea del proceso (que no es tal sino que es inmediato) por el cual comprendemos una realidad trascendental no lógica ni discursiva; consiste en una vibración (resh) que se abre camino en el vacío (boq) y que produce así la chispa del rayo o relámpago (baraq) entre dos momentos de inspiración-exhalación (h-h), todo ello es un instante fulminante en el que se da este rayo que surge de la divinidad misma y desciende poniendo incandescente todo el árbol sephirótico (cuyo recorrido recuerda justamente la forma de un rayo)
Esto es el lo que se puede comprobar si analizamos (desplegamos) el término miqreh (coincidencia) que coincide letra por letra con la palabra miqrah (lectura), de manera que lo que se puede leer es lo escrito, es decir, una lectura es un despliegue de algo fijado, por lo que la coincidencia es la lectura de algo previamente fijado ; y si coincidencia (azar, casualidad) es algo fijado y escrito, hasta lo que para nosotros está liberado de las leyes de la causalidad (que es el modo como entendemos todo lo que proviene de la divinidad) también lo que parece caótico o azaroso proviene de ella.
El término y el concepto de miqrah involucra así por rotación o tsiruf a raq mi H (solamente a partir de la divinidad) de manera que en el seno mismo de la palabra hebrea para coincidencia hallamos su explicación: ella solamente puede provenir de la divinidad, se trata de algo liberado de la determinación divina, pero que a la vez y paradójicamente no se desprende de la divinidad ya que nada puede desprenderse de ella.
De manera que miqreh raq mi H es posible si proviene de la divinidad, aun cuando no provenga de Su causalidad, ya que si proviniera de la causalidad misma, no sería coincidencia ni azar, sino efecto de concatenación lógico-temporal, pero una coincidencia no es causalidad, sino casualidad por rotación de causa- en casua-.
Ahora bien, una indagación cabalística aun más profunda involucra el termino hebreo para solamente (raq). Consta de dos letras: la reish y la qoph, que naturalmente se hallan de espaldas en el orden que poseen en el alefato, ya que la qoph (que es santa, qadosh) se indigna y da la espalda a la reish (malvada, rashá); pero en raq ambas letras curiosamente no se encuentran de espaldas sino que se miran, de manera que la qoph condesciende a mirar incluso a la reish siendo ésta malvada, es decir, la divinidad no se aparta totalmente del malvado, sino que a pesar de que le repugna, lo sigue asistiendo, y transgrede por amor sus propias leyes, ya que si nunca mostrara su rostro, la reish (el malvado) dejaría de existir, pero la divinidad no lo desea, pues es mas fuerte su amor que sus propias leyes, tan duras e inflexibles como éstas puedan ser.
De manera que a veces D’os le muestra el rostro permitiéndole que viva, pero esto se da en la palabra sólo, de manera que el malvado experimenta la sensación de que la divinidad no lo ve, y sufre sus consecuencias: se siente abandonado, olvidado por la divinidad y no asistido, si bien el cabalista sabe que hasta en los momentos más fuertes en que se saborea el vacío la divinidad nos esta asistiendo aunque no gocemos de saber que nos mira, es decir, no gozamos de su rostro cuando obramos perversamente, pero no porque realmente nos lo oculte.
Si continuamos el despliegue cabalístico, vemos que la expresión raq mi H, solamente a partir de la Divinidad, una vez sustantivado el adverbio raq, forma soledad (apartamiento o vacío) de la presencia de la divinidad, de manera que una reflexión nos revelaría que una coincidencia es un acontecimiento del que la divinidad se desentiende, pero si colocamos entre comillas el término raq y sobreentendemos el verbo ser, comprendemos que este hueco o vacío, este solamente (=es, proviene) asimismo de la divinidad, es decir, también provienen de su voluntad inescrutable y tienen en Él su fuente, y no se originan por sí mismos (como nada puede hacerlo) de manera que hasta las coincidencias son realidades que, sin ajustarse a las leyes causales por la divinidad impuestas, provienen de Su infinitud no menos que de Su presencia y existencia.
Para retornar al primer párrafo de la presente indagación debemos decir que la iluminación espontánea del místico, por la cual recupera el estado paradisíaco, cuando un rayo enciende todo su árbol sephirótico, y lo recorre insuflándolo con el fuego primigenio del amor divino y la luz del comienzo, es un regalo que no tiene causa en ninguna conducta meritoria del místico, en la medida en que es una dádiva divina, y los canales se hallan completamente abiertos para quien los puede encontrar, o mejor dicho, para aquel a quien D’os quiere revelarles sus fuegos hasta el grado de esplendor que el místico pueda tolerar.
Porque en este caso se produce una casualidad, ya que la revelación de Su belleza al místico no es algo ganado con el esfuerzo, sino un regalo gratuito de la infinita generosidad divina, cuya fluidez (nozliur) es una luz (nur) gratuita y sin precio (zol), que se da a quien la busca, ¡bendito sea Adonay!
Los indescifrables aromas de Oriente...
Los indescifrables aromas de Oriente...
Busco en los viajes un sabor a especias exóticas y maravillosas, de esos perfumes que llegan repentinamente al olfato y nos maravillan como un sortilegio de las Mil y una Noches... indescifrables, porque el cuerpo y la mente no pueden responder ante lo desconocido que tales aromas entrañan más que con el asombro, ese misterio en que nos deja sumido todo lo que nos entrega el rico Oriente, con sus minaretes, sus mezquitas, su abigarradas costumbres, y hasta los delicados caracteres de las letras arábigas, siempre felinos, gatunos, siempre al acecho desde su elegancia misteriosa.
Mis viajes a Oriente han sido más por los senderos de los libros que por los caminos reales de polvo y de arena, pero alguno he hecho, especialmente a El Cairo, y sobre ellos quiero escribir breves palabras, ante la generosa invitación de Iberia.
Perderme en las laberínticas callejas de un Cairo que huele a Edad Media, a karkadé, a flor de loto, esencias balsámicas y a musk, es una de las sensaciones más maravillosas que pueden serle regaladas a un ser humano, siempre y cuando esté sediento de lo bizarro y de la alteridad que lo aleja de su aburrido mundo cotidiano...
Mi profesión de traductor de griego antiguo y de experto numismático en las monedas que circulaban en tiempos de Ptolomeos y Cleopatras, en vez de enfrascarme en algún aburrido estudio de cuatro paredes me ha abierto (gracias a mi espíritu juvenil y mi personalidad nada tradicional) el apetito por lo extraño, por salir de las bibliotecas (en las que otros scholars se encierran, desventuradamente) en busca de los viajes palpables, o tras las pistas de alguna perdida joya faraónica en una oscura y recóndita tienda de Antigüedades...
Así, desdibujado deleitosamente entre el gentío hormigueante de El Cairo, en medio de felices niños vestidos con galabeya y sandalias, entre pavos, gallinas, cabras, burros y ovejas que conviven con los fastuosos complejos edilicios de Heliópolis, es como me gusta viajar cuando (como siempre) Iberia me ha transportado con la generosidad que caracteriza a su gente y sus aviones.
Y en esos viajes es cuando me he sentado a la vera de una rara y estrechísima mesita de lata, que sólo el Oriente puede pergeñar, a tomar un té de menta, o un fresco zumo de mango, en compañía de algún anticuario que me ofrece, un poco a escondidas y en una bolsa de plástico, su mercadería, unas pesadas monedas hechas hacia el 300 a.C., de pátina verde-nilo, que a veces descubro falsas, y otras veces deduzco auténticas, con mi ojo experto en esta clase de antigüedades.
Pero como sea, indescifrable sabor el de Oriente... el de sumergirse en los llamados de los imanes a la oración cuando la tarde de El Cairo lucha por recortarse afilada entre los agudos picos de sus minaretes, pero a la vez la densa niebla de una urbe gigantesca y diferente, impide a las formas definirse nítidas en la lejanía...
Como decía Lawrence Durrell, famoso viajero, con excelente poesía: Viajar es una de las mejores formas de la introspección... y en esa pasmosa paradoja está el gusto que siento por los viajes: el sabor inconfundible de los contrarios que, en vez de oponerse, se complementan: salir hacia afuera de mi mundo cotidiano, para encontrarme, misteriosamente, conmigo mismo.
Diego Márquez
Licenciado en Griego antiguo, Docente de literatura, Experto numismático y Aventurero incorregible.
Busco en los viajes un sabor a especias exóticas y maravillosas, de esos perfumes que llegan repentinamente al olfato y nos maravillan como un sortilegio de las Mil y una Noches... indescifrables, porque el cuerpo y la mente no pueden responder ante lo desconocido que tales aromas entrañan más que con el asombro, ese misterio en que nos deja sumido todo lo que nos entrega el rico Oriente, con sus minaretes, sus mezquitas, su abigarradas costumbres, y hasta los delicados caracteres de las letras arábigas, siempre felinos, gatunos, siempre al acecho desde su elegancia misteriosa.
Mis viajes a Oriente han sido más por los senderos de los libros que por los caminos reales de polvo y de arena, pero alguno he hecho, especialmente a El Cairo, y sobre ellos quiero escribir breves palabras, ante la generosa invitación de Iberia.
Perderme en las laberínticas callejas de un Cairo que huele a Edad Media, a karkadé, a flor de loto, esencias balsámicas y a musk, es una de las sensaciones más maravillosas que pueden serle regaladas a un ser humano, siempre y cuando esté sediento de lo bizarro y de la alteridad que lo aleja de su aburrido mundo cotidiano...
Mi profesión de traductor de griego antiguo y de experto numismático en las monedas que circulaban en tiempos de Ptolomeos y Cleopatras, en vez de enfrascarme en algún aburrido estudio de cuatro paredes me ha abierto (gracias a mi espíritu juvenil y mi personalidad nada tradicional) el apetito por lo extraño, por salir de las bibliotecas (en las que otros scholars se encierran, desventuradamente) en busca de los viajes palpables, o tras las pistas de alguna perdida joya faraónica en una oscura y recóndita tienda de Antigüedades...
Así, desdibujado deleitosamente entre el gentío hormigueante de El Cairo, en medio de felices niños vestidos con galabeya y sandalias, entre pavos, gallinas, cabras, burros y ovejas que conviven con los fastuosos complejos edilicios de Heliópolis, es como me gusta viajar cuando (como siempre) Iberia me ha transportado con la generosidad que caracteriza a su gente y sus aviones.
Y en esos viajes es cuando me he sentado a la vera de una rara y estrechísima mesita de lata, que sólo el Oriente puede pergeñar, a tomar un té de menta, o un fresco zumo de mango, en compañía de algún anticuario que me ofrece, un poco a escondidas y en una bolsa de plástico, su mercadería, unas pesadas monedas hechas hacia el 300 a.C., de pátina verde-nilo, que a veces descubro falsas, y otras veces deduzco auténticas, con mi ojo experto en esta clase de antigüedades.
Pero como sea, indescifrable sabor el de Oriente... el de sumergirse en los llamados de los imanes a la oración cuando la tarde de El Cairo lucha por recortarse afilada entre los agudos picos de sus minaretes, pero a la vez la densa niebla de una urbe gigantesca y diferente, impide a las formas definirse nítidas en la lejanía...
Como decía Lawrence Durrell, famoso viajero, con excelente poesía: Viajar es una de las mejores formas de la introspección... y en esa pasmosa paradoja está el gusto que siento por los viajes: el sabor inconfundible de los contrarios que, en vez de oponerse, se complementan: salir hacia afuera de mi mundo cotidiano, para encontrarme, misteriosamente, conmigo mismo.
Diego Márquez
Licenciado en Griego antiguo, Docente de literatura, Experto numismático y Aventurero incorregible.
Lectura de la lectura Análisis cabalístico de lo más pequeño y lo más grande
Lectura de la lectura
Análisis cabalístico de lo más pequeño y lo más grande
Lectura se dice en hebreo miqrah, de la misma raíz que en árabe la palabra Corán. Esto nos recuerda otra palabras, esta vez griegas, que refieren a lo más grande y a lo más pequeño, con el cambio de una sola de sus vocales, micro-macro.
En cabalah, se dice que mientras más pequeño, más insignificante, más minúsculo es un elemento, mayor será su importancia, porque D’os trasciende las fronteras, pero donde más cerca se está de Él es en el limite de lo más pequeño y de lo más grande; D‘os es lo mínimo y lo máximo, allí habita: en el infinito que subyace latente un paso más allá de lo más pequeño y de lo más grande, no en vano nimius-a-um significaba enorme en latín, aunque luego pasó a significar lo más pequeño, insinuando que los extremos se tocan; así como la aleph, la gran aleph de la totalidad -letra enorme- vale uno, y iod, letra la más pequeña y punto mínimo, vale 10, como expresando que el fin es el comienzo y el comienzo el fin, máxima hermética similar a aquella otra de que los primeros serán los últimos, y los últimos los primeros. También se colige esta certeza de que el ojo de la aguja y el hilo que pasa por el ella son, en el límite, una misma identidad, ya que iod (fina como un hilo) y quf (el ojo de la aguja) no son más que la misma verdad, si bien una de ellas en una octava más alta (iod vale 10 y quf 100), de manera que el ojo de la aguja por el que debe pasar el hilo no es más que un retorno hacia sí misma de la iod que se ahueca, como un ouroboros que se muerde la cola. No en vano ambas letras conforman el sufijo para lo más pequeño: el diminutivo hebreo está formado por una iod más una quf.
Miqrah es lectura en hebreo, y palabra que pareciera relacionarse providencial y misteriosamente con el mikrós griego, en la medida que nos invita a leer lo más pequeño, y al tiempo lo más grande -en griego makrós -, porque en esa cupla de opuestos encontraremos a la divinidad.
Ello recuerda aquella otra hermética frase de Jesús en la que entra a jugar la jota (frase que expresada en hebreo no puede involucrar ninguna letras más que la iod como sinónimo de lo más pequeño).
Recordemos que, de manera misteriosa en una especie de grafía providencial, la evolución de nuestras letras i y jota les concedió la existencia arriba de sus cuerpos un puntito, como para recordarnos que provienen de la iod hebrea que no es sino un punto…
De la misma manera, en hebreo, mientras más pequeño es un detalle, más importancia cabalística reviste, como las tagim o coronas de algunas letras, o los puntos vocálicos puestos por los masoretas por encima o por debajo de la caja del renglón.
Esto recuerda también que la lectura del cielo implica el nombre divino; el nombre de D’os está patente en el cielo, escrito con las estrellas ya que de este modo s cierra el círculo de que lo más inmenso (las constelaciones y lo más menudo (las letras que son como pequeñas patitas de insectos escriben con su existencia el nombre divino.
Pero de lo expresado también se desprende que no hay nada que sea definitivo en sí mismo excepto D’os, así como estas estrellas contienen el shem o Nombre divino en los shamaim, los cielos (¡y literalmente en shamaim están contenido shem!) por eso los cabalistas se concentraron en leer lo más pequeño (las letras) y lo más grande (las constelaciones) porque en ambos extremos, entre ambos polos, oscila y se pasea por sus ámbitos la divinidad, así como el Shem el Nombre tetralítero (=340 por gematria) está en el sefer, el libro sagrado (=340) y en sofá (=385 por gematria) está la presencia divina (Shejinah=385).
Eso se comprueba si vemos que las estrellas parecen (desde la perspectiva del ojo observador) pequeños puntos, pero cuando nos acercamos son inmensos mundos complejos, esferas de gas sin unidad real sino tremendamente compuestas y extensas, porque su unidad es ilusoria y la única verdadera unidad está en su Creador, siendo todas las otras unidades del universo sólo construcciones intelectuales, a la vez que expresiones metafóricas de Su unidad. Así también, las letras hebreas parecen unidades simples , pero la indagación permite que las concibamos como elementos complejos (bet es 2 pero es 412, ya que está formada por una bet, una iod y una tau;, aleph es uno pero es 111 pues está formada por una Aleph, una lamed y una pe; vav es 6, pero también es 13, ya que la conforman una vav una Aleph y una vav. La estructura misma de cada cosa a la que atribuimos unidad ficticia o convencional es factible de ser descompuesta ad infinitum en unidades menores, y en la profunda médula de cada cosa volvemos a hallar, en sus componentes, la cosa misma de la que partíamos indagando en su análisis. La forma que nos viene a la mente entonces es la de un ouroboros, un anillo sin fin que se autodevora a sí mismo en un círculo sin fin.
La unidad se subdivide a si misma y la pluralidad surge de la unicidad, así como una letra se despliega en su nombre complejo, así como la iod vale 10 pero desplegada vale 20, de esta manera, el Uno genera la pluralidad y hasta la muesca o punto mas pequeño es capaz de generar el todo; iod genera a aleph, y de aleph se vuelve a iod en una graficación del latido universal, que en el Nombre divino se comprueba como las dos he de la respiración de D’os, la sístole-diástole +de la respiración divina que es el devenir de los universos. De manera que así se genera una danza que va del punto al todo y del todo al punto.
Por todo lo comentado, podemos confirmar que toda lectura es infinita por definición, ya que puede leerse un texto desde todas las perspectivas, porque en definitiva un texto es un juego de espejos enfrentados que produce el infinito.
De manera que la misma palabra para lectura –miqrah- nos invita, en hebreo, a ver lo más pequeño mikrós (si hermanamos hebreo y griego), pues lo mínimo es contenedor de lo más grande, y en lo más insignificante y humilde está lo más bello, así como en el vacío (bohu=13) esta lo más pleno, el amor (ahabah=13) y todo es una rueda sin final, que se muerde la cola en el todo (optan, rueda=137) que es el juego que la qabalah permite intuir y decodificar (qabalah=137) y su juego infinito es la lectura infinita de las infinitas letras de Su nombre, que está escrito en el cielo (lo más grande) y en lo más pequeño (los puntos de las letras).
Ésa es la misma idea que inconscientemente subyace en las pareidolias , ya que todo puede verse en todo y Su nombre está en las piedras, las plantas, los troncos, las hojas, los caparazones de las tortugas, las nubes, los cristales y hasta en el pelaje del tigre, como quería aquel sacerdote de Borges, Tzinacán, con el cual adquirió la omnipotencia en su celda .
Lupa y largavistas, microscopio y telescopio son, en el foco del infinito, lo mismo y viajan en su búsqueda del creador, en la misma dirección, sea que buceen en lo más grande o desmenucen lo que contemplan hasta sus componentes más pequeños, en uno y otro caso, el viaje es infinito.
Análisis cabalístico de lo más pequeño y lo más grande
Lectura se dice en hebreo miqrah, de la misma raíz que en árabe la palabra Corán. Esto nos recuerda otra palabras, esta vez griegas, que refieren a lo más grande y a lo más pequeño, con el cambio de una sola de sus vocales, micro-macro.
En cabalah, se dice que mientras más pequeño, más insignificante, más minúsculo es un elemento, mayor será su importancia, porque D’os trasciende las fronteras, pero donde más cerca se está de Él es en el limite de lo más pequeño y de lo más grande; D‘os es lo mínimo y lo máximo, allí habita: en el infinito que subyace latente un paso más allá de lo más pequeño y de lo más grande, no en vano nimius-a-um significaba enorme en latín, aunque luego pasó a significar lo más pequeño, insinuando que los extremos se tocan; así como la aleph, la gran aleph de la totalidad -letra enorme- vale uno, y iod, letra la más pequeña y punto mínimo, vale 10, como expresando que el fin es el comienzo y el comienzo el fin, máxima hermética similar a aquella otra de que los primeros serán los últimos, y los últimos los primeros. También se colige esta certeza de que el ojo de la aguja y el hilo que pasa por el ella son, en el límite, una misma identidad, ya que iod (fina como un hilo) y quf (el ojo de la aguja) no son más que la misma verdad, si bien una de ellas en una octava más alta (iod vale 10 y quf 100), de manera que el ojo de la aguja por el que debe pasar el hilo no es más que un retorno hacia sí misma de la iod que se ahueca, como un ouroboros que se muerde la cola. No en vano ambas letras conforman el sufijo para lo más pequeño: el diminutivo hebreo está formado por una iod más una quf.
Miqrah es lectura en hebreo, y palabra que pareciera relacionarse providencial y misteriosamente con el mikrós griego, en la medida que nos invita a leer lo más pequeño, y al tiempo lo más grande -en griego makrós -, porque en esa cupla de opuestos encontraremos a la divinidad.
Ello recuerda aquella otra hermética frase de Jesús en la que entra a jugar la jota (frase que expresada en hebreo no puede involucrar ninguna letras más que la iod como sinónimo de lo más pequeño).
Recordemos que, de manera misteriosa en una especie de grafía providencial, la evolución de nuestras letras i y jota les concedió la existencia arriba de sus cuerpos un puntito, como para recordarnos que provienen de la iod hebrea que no es sino un punto…
De la misma manera, en hebreo, mientras más pequeño es un detalle, más importancia cabalística reviste, como las tagim o coronas de algunas letras, o los puntos vocálicos puestos por los masoretas por encima o por debajo de la caja del renglón.
Esto recuerda también que la lectura del cielo implica el nombre divino; el nombre de D’os está patente en el cielo, escrito con las estrellas ya que de este modo s cierra el círculo de que lo más inmenso (las constelaciones y lo más menudo (las letras que son como pequeñas patitas de insectos escriben con su existencia el nombre divino.
Pero de lo expresado también se desprende que no hay nada que sea definitivo en sí mismo excepto D’os, así como estas estrellas contienen el shem o Nombre divino en los shamaim, los cielos (¡y literalmente en shamaim están contenido shem!) por eso los cabalistas se concentraron en leer lo más pequeño (las letras) y lo más grande (las constelaciones) porque en ambos extremos, entre ambos polos, oscila y se pasea por sus ámbitos la divinidad, así como el Shem el Nombre tetralítero (=340 por gematria) está en el sefer, el libro sagrado (=340) y en sofá (=385 por gematria) está la presencia divina (Shejinah=385).
Eso se comprueba si vemos que las estrellas parecen (desde la perspectiva del ojo observador) pequeños puntos, pero cuando nos acercamos son inmensos mundos complejos, esferas de gas sin unidad real sino tremendamente compuestas y extensas, porque su unidad es ilusoria y la única verdadera unidad está en su Creador, siendo todas las otras unidades del universo sólo construcciones intelectuales, a la vez que expresiones metafóricas de Su unidad. Así también, las letras hebreas parecen unidades simples , pero la indagación permite que las concibamos como elementos complejos (bet es 2 pero es 412, ya que está formada por una bet, una iod y una tau;, aleph es uno pero es 111 pues está formada por una Aleph, una lamed y una pe; vav es 6, pero también es 13, ya que la conforman una vav una Aleph y una vav. La estructura misma de cada cosa a la que atribuimos unidad ficticia o convencional es factible de ser descompuesta ad infinitum en unidades menores, y en la profunda médula de cada cosa volvemos a hallar, en sus componentes, la cosa misma de la que partíamos indagando en su análisis. La forma que nos viene a la mente entonces es la de un ouroboros, un anillo sin fin que se autodevora a sí mismo en un círculo sin fin.
La unidad se subdivide a si misma y la pluralidad surge de la unicidad, así como una letra se despliega en su nombre complejo, así como la iod vale 10 pero desplegada vale 20, de esta manera, el Uno genera la pluralidad y hasta la muesca o punto mas pequeño es capaz de generar el todo; iod genera a aleph, y de aleph se vuelve a iod en una graficación del latido universal, que en el Nombre divino se comprueba como las dos he de la respiración de D’os, la sístole-diástole +de la respiración divina que es el devenir de los universos. De manera que así se genera una danza que va del punto al todo y del todo al punto.
Por todo lo comentado, podemos confirmar que toda lectura es infinita por definición, ya que puede leerse un texto desde todas las perspectivas, porque en definitiva un texto es un juego de espejos enfrentados que produce el infinito.
De manera que la misma palabra para lectura –miqrah- nos invita, en hebreo, a ver lo más pequeño mikrós (si hermanamos hebreo y griego), pues lo mínimo es contenedor de lo más grande, y en lo más insignificante y humilde está lo más bello, así como en el vacío (bohu=13) esta lo más pleno, el amor (ahabah=13) y todo es una rueda sin final, que se muerde la cola en el todo (optan, rueda=137) que es el juego que la qabalah permite intuir y decodificar (qabalah=137) y su juego infinito es la lectura infinita de las infinitas letras de Su nombre, que está escrito en el cielo (lo más grande) y en lo más pequeño (los puntos de las letras).
Ésa es la misma idea que inconscientemente subyace en las pareidolias , ya que todo puede verse en todo y Su nombre está en las piedras, las plantas, los troncos, las hojas, los caparazones de las tortugas, las nubes, los cristales y hasta en el pelaje del tigre, como quería aquel sacerdote de Borges, Tzinacán, con el cual adquirió la omnipotencia en su celda .
Lupa y largavistas, microscopio y telescopio son, en el foco del infinito, lo mismo y viajan en su búsqueda del creador, en la misma dirección, sea que buceen en lo más grande o desmenucen lo que contemplan hasta sus componentes más pequeños, en uno y otro caso, el viaje es infinito.
Las serendipias cabalísticas de Kepler II
Las serendipias cabalísticas de Kepler II
Un mes antes del anagrama enviado por Galileo a Kepler en diciembre de 1610, que comenté en la primera nota, el pisano le había enviado ya otro, para que el astrónomo alemán descifrara su oculto significado; este primer anagrama, en sí, no tenía significado, era un amasijo de letras sin sentido, por lo que era menos elaborado aún que el que le enviara después.
Sin embargo, la mente de Kepler, conexa tal vez con la Mente Divina, le halló un ordenamiento sorprendente, que hacía referencia a una realidad cósmica que, sin embargo, no era, al parecer, la que en principio quería transmitir Galileo. El anagrama enviado por Galileo a Kepler era como sigue:
SMAISMRMILMEPOETALEVMIBVNENVGTTAVRIAS
Después de hacer dar vueltas duramente a su mente, como si se tratase de un asno en una noria, Kepler dio con la siguiente (posible) solución:
SALVE VMBISTINEVM GEMINATVM MARTIA PROLES
frase latina que, aunque enravesada y alambicada, puede traducirse del siguiente modo:
Hola, inflamada y geminada prole de Marte!
De allí arguyó Kepler que Galileo había descubierto dos lunas en el encendido planeta Marte, es decir dos satélites, acompañantes como si de su descendencia se tratara, de su misma sangre...
Sin embargo, lo que había querido decirle Galileo era sencillamente que había estado estudiando a Saturno, después de lo cual había descubierto que tenía tres anillos, lo cual estaba contenido en el anagrama, cuyas letras, ordenadas tal como lo había pensado Galileo, decían así:
ALTISSIMVM PLANETAM TERGEMINVM OBSERVAVI
Lo cual se traduce así:
Observé el más elevado (lejano) planeta (=Saturno), trigeminado.
Tal fue el mensaje que Galileo debió remitirle a Kepler, cuando supo la resolución (para el no correcta) de su primer anagrama…
Lo asombroso, lo que nos deja petrificados, es que la respuesta encontrada por el serendípico Kepler obedecía a una realidad también, y es que Marte posee dos grandes satélites: Fobos y Deimos, el miedo y el terror, que en la mitología eran compañeros inseparables de Marte y sus hijos, realidad astronómica que Kepler descubrió entre las letras del oscuro anagrama de su colega y amigo, y no por observación del cielo… y que sólo se encuentra documentada en el año de 1877, en que fueron avistadas por primera vez en el cielo!...
Diego Márquez
Un mes antes del anagrama enviado por Galileo a Kepler en diciembre de 1610, que comenté en la primera nota, el pisano le había enviado ya otro, para que el astrónomo alemán descifrara su oculto significado; este primer anagrama, en sí, no tenía significado, era un amasijo de letras sin sentido, por lo que era menos elaborado aún que el que le enviara después.
Sin embargo, la mente de Kepler, conexa tal vez con la Mente Divina, le halló un ordenamiento sorprendente, que hacía referencia a una realidad cósmica que, sin embargo, no era, al parecer, la que en principio quería transmitir Galileo. El anagrama enviado por Galileo a Kepler era como sigue:
SMAISMRMILMEPOETALEVMIBVNENVGTTAVRIAS
Después de hacer dar vueltas duramente a su mente, como si se tratase de un asno en una noria, Kepler dio con la siguiente (posible) solución:
SALVE VMBISTINEVM GEMINATVM MARTIA PROLES
frase latina que, aunque enravesada y alambicada, puede traducirse del siguiente modo:
Hola, inflamada y geminada prole de Marte!
De allí arguyó Kepler que Galileo había descubierto dos lunas en el encendido planeta Marte, es decir dos satélites, acompañantes como si de su descendencia se tratara, de su misma sangre...
Sin embargo, lo que había querido decirle Galileo era sencillamente que había estado estudiando a Saturno, después de lo cual había descubierto que tenía tres anillos, lo cual estaba contenido en el anagrama, cuyas letras, ordenadas tal como lo había pensado Galileo, decían así:
ALTISSIMVM PLANETAM TERGEMINVM OBSERVAVI
Lo cual se traduce así:
Observé el más elevado (lejano) planeta (=Saturno), trigeminado.
Tal fue el mensaje que Galileo debió remitirle a Kepler, cuando supo la resolución (para el no correcta) de su primer anagrama…
Lo asombroso, lo que nos deja petrificados, es que la respuesta encontrada por el serendípico Kepler obedecía a una realidad también, y es que Marte posee dos grandes satélites: Fobos y Deimos, el miedo y el terror, que en la mitología eran compañeros inseparables de Marte y sus hijos, realidad astronómica que Kepler descubrió entre las letras del oscuro anagrama de su colega y amigo, y no por observación del cielo… y que sólo se encuentra documentada en el año de 1877, en que fueron avistadas por primera vez en el cielo!...
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