Amistades y enemistades entre las lenguas
1. Amistad
En su obra sobre Ficino y la Magia demónica, Walker dice que todo producto espiritual tiene alma, una melodía, una emisión de la lengua, son seres o entidades que de por sí y por su propia sustancia intelectual se configuran y pueden entenderse como démones o espíritus. Con mayor razón lo son entonces las lenguas, esos sistemas de sistemas que mediante diversos procedimientos vehiculizan los movimientos del corazón humano, sirviéndose del pneuma que mantiene al hombre con vida y que se transmite a cada una de las células mediante la oxigenación realizada por su sangre.
Si es así, como todo en el plano del ser, deben las lenguas humanas tener afinidades y antipatías, pues todos los seres se repelen o atraen por un magnetismo de afinidad o aborrecimiento que forma alianzas y rivalidades. Quisiera destacar aquí la secreta amistad que he observado entre el hebreo y el español, presente a diversos niveles.
En primer lugar, la articulación. Los fonemas compartidos entre el español y el hebreo no son todos, existen fonemas hebreos que el español ha perdido, pero que tuvo en otros períodos de su desarrollo, como la shin, o la aspiración suave de la hei; pero aún así, el grado promedio de apertura vocálica es muy similar. En esto, el castellano está más cercano al hebreo que el francés, el alemán o el inglés. Cuando escuchamos la inflexión de una cadena de habla expresada en hebreo no entendemos nada (si no conocemos la lengua) pero, tanto la apertura vocálica como los fonemas consonántico son similares y los grados de apertura son casi idénticos.
Esta simpatía, sostengo, es de índole sobrenatural, entendiendo así una afinidad que trasciende la lógica común y la racionalidad requeridas por el intelecto que se sirve de leyes de causa y efecto demasiado rastreros y pedestres. Creo que hay algo esencial que une a ambas lenguas.
La cosa pasa por aquel período en que los judíos crearon en la península ibérica como una fuerte posibilidad de la tierra prometida lo hicieron así convencidos por una razón cabalística y poética. Occidente en hebreo se puede decir Sefarad, y España era conocida como Sefarad.
Con una rotación, estas mismas letras producen pardés, el paraíso y la tierra prometida. Fue movido por esto que muchos cabalistas pensaron que, la Tierra de los conejos pues prometía la tierra definitiva a su diáspora, y era, quizás, el pardés que buscaban.
No se equivocaron en un principio, hasta el desastre de 1492.
Fueron siglos de hermandad que redundó en beneficios para los reinos españoles, por la fuente de cultura y de prosperidad que el contacto trajo para la península. Pero debía terminar, desgraciadamente, y los vagabundeos debieron ser retomados. La misma palabra Iberia tal vez, fue un aliciente más que auspició bonanza al pueblo elegido, pues recuerda a eber, hebreo, si bien su origen etimológico racional es otro.
Sin embargo, seguramente el acercamiento, decretado desde la eternidad, tenía sus destellos en las lenguas que se hermanaron.
Muchos vocablos hebreos y españoles son similares, y no estoy hablando de parentesco cronológico por etimología (que los hay y abundantes, sino incluso por destellos de un tipo mucho más misterioso, sincronías, podríamos llamarles.
Entre los miles que he descubierto, podría citar el de la voz, y elijo a ése porque necesita del sintagma completo para existir, lo cual da a entender a qué tipo de coincidencias me refiero, que descartan totalmente afinidades de evolución de palabras. La voz recuerda a oz leb, es como si resonaran por eco las palabras hebreos oz y lev, que significan poder y corazón. Y justamente, la voz es eso el poder del corazón, la expresión de lo que se atesora en el corazón, otro pequeña prestidigitación de sonido y tenemos veloz, propiedad indiscutible del espíritu que se comunica con la voz, pues la velocidad e coto propio del rúaj, de las operaciones intelectuales y de lo que está por encima de la densa materia.
Si consideramos el vocablo valor, podemos ver allí or lev, y qué es el verdadero valor de algo sino una luz que sale del corazón?, las cosas que tienen valor auténtico valor, son las que iluminan el corazón. No menos sugerente es labor, ya que requieren de labor las cosas que pueden aportar luz al corazón.
Para seguir con el tema de la luz, la palabra regalo por rotación incluye a gal or, ola de luz, y el dar, la maravillosa acción de dar para manifestarle a alguien que se lo ama ¿acaso no es una ola sagrada y divina de generosidad? Esa acción que en la cábala es infinitamente mejor que la de recibir, y que produce todo el juego entre la luz con que el padre agasaja a la vasija, el kli del alma porque su principal movimiento es el de dar?.
Esto nos permite generalizar la sílaba or como algo siempre activo, como ondas (recordemos que la resh es cabalísticamente la ondulación activa que realiza algo), y ya desde el latín este sufijo refiere al agente, al sujeto del que parte, como una onda, cierta acción tendiente a efectuar un resultado en un objeto.
La palabra más bella, amor, puede entenderse como formada por dos vocablos hebreos que se relacionan íntimamente con el amor: em y or: madre y luz.
Si consideramos otras palabras, vemos por ejemplo que nahamah, agradable, recuerda muchísimo a ameno, que significa lo mismo, si bien un parentesco etimológico es totalmente impracticable, siendo más bien sobrenatural, misterioso y concomitante de manera instantánea.
Así hay cientos, miles de palabras y expresiones que son más o menos parecidas entre el hebreo y el español, en mayor o menor grado, pero siempre sugestivas y que nos inducen a maravilla, a los que creemos en la existencia de lazos que van más allá de las leyes cronológicas y mecánicas de causa y efecto en el sentido positivista y cientificista decesos términos.
Algunas serán más oscuras, pero siempre hay un parentesco. A veces debemos realizar algún cambio de grado en los fonemas. Recordemos que todo fonema consta de tres elementos inseparables: (buscar)
Así la voz shoresh, raíz, se halla cercana a raíz, pues si le extraemos la primera shin y a la zeta le damos la apicalidad que ha perdido, obtenemos algo muy similar. El mismo vocablo palabra, extrayéndole la primera sílaba (que alude quizás a un pleonasmo de significado y es boca en hebreo) obtenemos labra; labra es semejante a dabar -palabra en hebreo- sobre todo si sabemos que la letra l y la letra d son frecuentemente intercambiables, por ejemplo el los términos griego y latino dakrýo y lacrima, pero también en muchos otros casos.
Esta afinidad es muy misteriosa, y no niego que se produzca entre todas las lenguas y el hebreo, que es el idioma primordial de acuerdo con la concepción cabalística, el único y auténtico lenguaje natural. Por ejemplo, para traer al ruedo un raro ejemplo, proferir puede decirse en hebreo omer, esto nos deja estupefactos si vemos que el padre del épos (canto épico) el más conspicuo representante de la proferición poética griega, es Homero. No creo que sea coincidencia esta familiaridad fonética, aunque tampoco hablo de un parentesco etimológico, sino de algo mucho más profundo y preternatural.
Para que me entiendas, estoy planteando, lector, una apertura de los procedimientos propios de la cábala y restringidos al hebreo a algo que puede saltar y que puede funcionar (quizás en menor medida) entre el hebreo y las otras lenguas humanas, los otros pueblos.
Veamos otro caso: luz. En hebreo refiere al hueso sacro, la base de la columna, y a la almendra. Es sugestiva la absoluta identidad de pronunciación con el vocablo castellano luz, sobre todo si tenemos en cuenta que en muchas doctrinas iniciáticas allí en el hueso sacro (no en vano es llamado sagrado) yace dormida la energía primordial del ser humano, aquella que, cuando desciende, alimenta a la sexualidad, pero que puede elevarlo a las alturas de la regeneración mediante un trabajo alquímico de ascenso; recordemos también que este hueso es, de acuerdo a la creencia antigua, el que más tarda en reducirse a cenizas cuando se crema un cuerpo. Otra caso: mercaz; significa centro en hebreo y es prodigiosamente parecido al vocablo castellano mercado, que generalmente se hallaba en el centro de la plaza pública.
Tomemos un ejemplo de afinidad entre el hebreo y el latín, para una palabra sobresaliente: cabeza. En hebreo cabeza es rosh, en latín hay un término similar para cabeza: res, que significa cosa, en sentido genérico, pero que se utiliza para aludir a las cabezas del ganado, y significa cabeza de ganado utilizada en español. De manera que aquí vemos retratada incluso la caída y la materialización de las palabras en relación con los conceptos que invocan, atestiguado ello en la utilización de una palabra tan sublime para referirse a la cabeza de un animal que alude a la materia.
En todo caso, la relación entre palabras del hebreo y las de otra lengua no se establece por identidad de significados, salvo raras veces; lo que se plantea más bien es una relación análoga, donde siempre es necesaria alguna interpretación, aunque no forzada. En cada ocasión que se observa una similaridad fonética, subyace indiscutiblemente una razón de conceptualización, un vínculo no necesariamente directo, pero que se intuye y que se debe a alguna razón. Es como si se hubiera producido un movimiento en un mundo superior, el mundo de las raíces intelectuales, que ha motivado un acercamiento entre palabras en el mundo de la manifestación, en las lenguas humanas.
Si tomamos una de las palabras para camino en hebreo, derek, a primera vista no existe relación con el castellano, pero una poco más de búsqueda nos lleva al término derecho, que recuerda la principal característica de un camino natural.
Peri, fruto, es similar al vocablo latino, fructum, y bará, crear, al verbo fero, que tiene idéntico significado en latín. La misma palabra lev (corazón) invertida especularmente deja las letras así vl-, y la raíz indoeuropea para deseo, y para el querer, es volo, de donde surgen, phílos en griego voluntas en latín, y vouloir en francés, así como de esta raíz invertida surgen liebe en alemán, líbido español, y hasta love en inglés, tan similar al lev hebreo.
Lo interesante es que las palabras en hebreo, aunque anteriores cronológicamente, ya carecen, cuando tienen relación con términos latinos que luego derivaron en otros castellanos, de letras que se perdieron en el paso del latín al castellano (como la c en fructum), como si la forma hebrea “supiera” de antemano qué evolución sufrirían, y la pureza de los términos cultos en latín, tan mentada por los puristas, no fuera más que afectación, elementos calcáreos que eran en realidad artificiales y superfluos, y la verdadera forma del vocablo algo más natural. Así parece suceder en ozen, oído en hebreo, que es afín a audio, pero ya resuelto el diptongo inicial y suavizada la dental en una z. Idéntica resolución anticipada parece ostentar el vocablo hebreo adon, señor, tan similar al tratamiento de respeto castellano don, que sin embargo, proviene etimológicamente de dominus (amo en latín).
Rejem es matriz en hebreo, y está cabalísticamente emparentado con rajum, misericordia, ya que el amor de madre es el más puro, como lo es la misericordia; bien, en latín y castellano tenemos que el regazo materno se expresa mediante el término gremium/gremio, en donde observamos una gutural, la r y la líquida m, de manera que los términos son prácticamente idénticos a nivel fonético, obviadas las metátesis internas.
Un término muy interesante es réguel, pie, porque para encontrar la secreta vibración fraternal con alguna raíz indoeuropea debemos hacer un desvío que incluye el meollo mismo de la concepción cabalística. El vocablo réguel en nada se parece a pie, pero significa pie. Los pies corresponden a la séfira malkut, la décima y última séfira, que es el reino (ya que malkut significa reino en hebreo), refieriendo al reino donde se manifiestan en acto todas las demás séfiras; bien, ¡regalim, pies en hebreo, se parece muchísimo a regalis, real, lo propio del reino, en latín!.
Existen miles de palabras que de algún modo llamativo establecen nexos entre el hebreo y el castellano, a veces recurriendo a alguna raíz que el castellano ya trae del latín, si bien no siempre. Por ejemplo batsel, que es cebolla en hebreo, por una simple rotación la vemos semejante a la palabra cebolla. Otsar es tesoro, y por rotación es similar por su sonido a tesoro. La conjunción disyuntiva o es igual en hebreo y en castellano, y el nexo comparativo como es similar: kmo.
En otras ocasiones la palabra castellana para algo posee similaridad fonética con la palabra hebrea que hace referencia a algún atributo conocido de tal comcepto, como el mar, al que tradicionalmente se relaciona con la amargura, y aunque si bien en hebreo mar se dice iam, vemos que amargo se dice así: mar; shemen es aceite en hebreo, pero se parece bastante a semen, quizás porque comparte esa naturaleza oleosa del semen humano. A veces la semejanza se da con el griego, como en el vocablo ósteon, hueso que se parece mucho a etsem, de idéntico significado en hebreo.
2. Enemistad
Lo que me ha sorprendido es que, de manera semejante a lo que acontece entre la lengua de la cabalah y el castellano, la rivalidad entre el pueblo hebreo y el egipcio trasunta, hasta donde he tenido ocasión de percibir, a través de que conceptos o nombres e divinidades claves en la religiosidad egipcia, adoptan por similaridad fonética una concepción negativa en el hebreo, aun cuando no haya encadenamiento etimológico alguno.
La primera palabra acerca de la que tuve ocasión de percatarme es mum. Sabemos que la palabra momia es de origen árabe, y hace referencia al cuerpo embalsamado que los egipcios consideraba indispensables para mantener la identidad del espíritu desencarnada, de manera que no se perdiese. Una muestra más de su deseo de petrificar que les resultaba tan aborrecible a los hebreos. La palabra mum, en hebreo, hace referencia justamente a un menoscabo, específicamente a una lesión. Sin embargo, es curioso que por gematria tenga el mismo valor que Elokim: 86.
Otro término es jatul, que en hebreo es gato. El carácter sagrado del gato para los egipcios se invierte en la concepción cabalística. La palabra jatul por gematria da 444, un número que alude a la extrema materialidad, algo siempre desdeñable para el hebreo, y que le era endilgado permanentemente a los egipcios, pueblo entregado a la materia y los placeres de la carne. El gato alude a esta sensualidad propia de la materia, por sus costumbres, por la gematria de su denominación en hebreo (el cuatro es el número de la materia) y por la característica que lo revela detentador de una afinidad poderosa con la materia, que el gato revela cuando cae siempre en cuatro patas, de donde surge el refrán medieval sefaradí: buscarle la quinta pata al gato. Digamos, de paso, que el vocablo jatul se parece mucho al latino catulus, que hace referencia a cualquier tipo de cachorro mamífero, pero que después se restringió semánticamente, de manera que se individualizó para gato, de donde deriva esta palabra.
Un caso muy evidente de esto es el término gentilicio que designa a los egipcios: mitsraim. Si tenemos en cuenta que la m inicial es un prefijo de sustantivación, de muy frecuente uso en hebreo, nos queda la segunda parte del vocablo tsraim, que parece emparentada con tsarah, angustia, y con tsar, que significa en hebreo enemigo, rival, adversario.
En la cabalah se nos enseña que toda enemistad o amistad en el mundo terrenal no es sino la manifestación de grandes batallas y luchas o alianzas en los reinos superiores. Esto parece comprobarse también en estas semejanzas y diferencias que observamos entre las lenguas, cuya raíz proviene de mundos intelectuales muy por encima del nuestro, de manera que existen nexos de afinidad o enemistad entre las lenguas, ya que todas, aunque no necesariamente en un sentido etimológico, provienen de la lengua fundacional y primigenia, el hebreo.
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