Reflexiones cabalístico-poéticas sobre el libro, los pájaros los árboles y el mar
He expresado a menudo en estos comentarios sobre el hebreo y la cábala -y seguiré reforzando mientras mis reflexiones saquen fruto de ello- que existe una misteriosa afinidad entre el hebreo y el castellano, una hermandad oculta que parece anticipar desde la eternidad en que fue concebida la lengua hebrea cierta afinidad fonética de términos que trasciende la etimología estrecha y cronológica. Un ejemplo es la palabra nahum y nahamah, que significan cosa agradable y placentera, y que parecen confluir con el término español ameno (del latín amoenus, por supuesto) si bien en otros casos la afinidad es específicamente entre el español y el hebreo. El verbo expresar se parece bastante a asaprah, que significa expresar y, con alguna rotación interna, a la voz frase. Existen muchas de estas perlas extrañas y arcanas que nos hablan de cierta predestinación para el paso del pueblo elegido por Sefarad, ese pardes o jardín del que luego también fueron expulsados, pero injustamente.
Este comentario quiero abrirlo, una vez dicho lo anterior, por la hermosa palabra castellana libro. Proviene, como todos sabemos, de liber, término latino asociado con la corteza del árbol, el liber con que se confeccionaban los arcaicos volúmenes en que se escribían las cosas dignas de permanecer y de no fugarse hacia las regiones superiores de donde provienen, los relámpagos de la inteligencia que son las voces, esos entes espirituales que relampaguean y vuelven a ascender a sus moradas superiores, después de asomarse durante el tiempo de un pestañeo por el mundo inferior. Sin embargo, si rotamos la palabra liber con un leve cambio de vocalización, y dividimos en dos partes el resultado, obtenemos libro lebro or leb, lo cual en hebreo es afín a la expresión luz del corazón.
De manera que el libro es una luz que emana del corazón, una sabiduría que se entrega a sí misma generosamente a partir de la fuente del corazón.
Esto parece estar en consonancia con lo que señalaba el célebre cabalista medieval Abulafia, maestro inspirador de Raimundo Lulio el mallorquí, cuando decía que lamed, la letra del corazón, es por notariqón el acrónimo o rashei tevot, la sigla de la expresión Lev Mevin Daat (el corazón que discierne el conocimiento), es decir, un conocimiento que va más allá de lo mera y mezquinamente racional y que se comprende, se aferra y se aprehende con el corazón como llave idónea que puede abrirlo y decodificarlo. Un libro será un libro en la medida en que contenga conocimientos aprensibles por el corazón, y no simplemente por la mente.
No menos curiosa y providencial es la relación fonética entre libro y libertad; conocida es la frase que dice liber liberat, jugando con esta identidad fonética. Incluso podemos analizar las dos últimas letras (at) como una alusión cabalística oculta a la primera y la última letras del alefato hebreo, aleph y tau, de manera que el libro hace libres a los hombres pues contiene la sabiduría de las veintidós letras, de la aleph a la tau o, como dirían los griegos, el alfa y la omega. Demos fin a la apertura de este fragmento diciendo que esta inquietante hermandad del hebreo y del castellano se ve también en la palabra veloz y la expresión la voz, que recuerdan mucho a la expresión oz lev que significa poder del corazón, pues justamente la palabra es la apertura de lo que el corazón encierra mediante las llaves de las cuerdas vocales, el espíritu o pneuma que se enuncia oralmente con el aliento, y ese rúaj tiene como condición principal su velocísima celeridad espiritual, sin la fricción que provoca el mundo de la materialidad; nada más veloz que la inteligencia y sus ejercicios y profericiones.
La tradición de la palabra oscila entre una época de oralidad que precede a la escritura, ello es algo que no hace falta recalcar aquí y sobre lo cual se ha escrito más que redundantemente. Sin embargo no he tenido ocasión de leer un solo comentario basado en la oralidad y la escritura en base a consideraciones de índole cabalística que incluyan los términos para libro en las lenguas clásicas, por eso quisiera hacer algunas reflexiones sobre tal asunto aquí, si se me permite, sin impedir que la imaginación vuele a terrenos más bien poéticos, porque todo análisis que se sirve sólo de la deducción, arrastra el alma hacia abajo, mientras que el ejercicio mental que da lugar al asombro y la maravilla eleva a regiones superiores; no en vano el principio de la filosofía es el thauma, el asombro que nunca debe abandonar el hombre, sacrificándolo por la disección despiadada y estéril; recordemos que Raví Akivá descubrió el secreto para Elokim escrutando los jeroglíficos celestes, en muda y maravillada contemplación nocturna de los astros, cuando preguntó ¿Quién creó a estas cosas? (Mi eleh bara?), y le fue respondido, Elokim!, con un simple retruécano de las letras de su pregunta, poniéndolo en la pista de que toda pregunta está ya preñada de su respuesta.
Comencemos con la palabra hebrea para libro: sefer. La gematria de sefer es 340, la misma que para el vocablo shem, nombre, de manera que el libro es un despliegue del Nombre divino. Esto se ve reforzado cuando consideramos, maravillados, que la Presencia Divina, la Shejinah, tiene el mismo valor que el término hebreo para lenguaje, sofá, que es por gematria 385, es decir, el lenguaje es el vehículo en donde principalmente viaja la presencia de la Divinidad.
Si retomamos la idea del libro como puerta de la libertad espiritual, liber liberat y reflexionamos en la etimología que retrotrae liber a la madera interior del árbol, llamada liber, que es la tierna corteza de donde se elaboraban las páginas de algunos arcaicos libros, podemos asociar la libertad que el libro aporta con el paradigma mismo del ser libre: el ave, que hace sus moradas en las elevadas copas arbóreas (en hebreo hoja de árbol se dice alej, raíz que parece compartir con la palabra hebrea para subida, elevación y ascenso, ya que las hojas tienden a subir, a ascender buscando la luz). Hay, por todo lo dicho, un nexo indisoluble entre árboles, aves y libros, así como algún poeta dijo alguna vez que los libros son, hasta que se los abre, como pájaros dormidos.
Todo bosque es una biblioteca muda, donde los eremitas iban a aprender secretos muy profundos, y toda biblioteca es de cierta manera un bosque de armonioso canto y deliciosa sombra. La asociación entre árbol y libro es pues, muy fuerte, como innegable lo es el vínculo entre conocimiento, árbol y fruto, si recordamos al árbol del bien y del mal, así como el nexo entre libro y fruto, si no olvidamos aquel libro que san Juan come en el Apocalipsis, y que le resulta amargo y dulce a la vez.
Como acabamos de decir, la forma misma del libro recuerda -por su lomo y sus hojas- a la de un pájaro, sus alas y sus plumas, hermandad secreta que puede seguir indagándose en los caracteres que fueron inspirados por las configuraciones del vuelo de las aves, e incluso por el uso de las leves, flexibles y sutiles plumas de los volátiles para confeccionar los instrumentos de la escritura (así como la relación del mundo vegetal con el libro se ve confirmada por el uso del junco, y la que mantiene con el fuego y la luz por el con el carbón que se emplea para fabricar la tinta, una vez extinguida la llama que produjo el carbón, o su hermandad con el olivo -árbol de la prudencia y la sabiduría- por el aceite que alimenta los candiles bajo cuya luz se estudia).
Pero la forma anterior y primigenia de los libros era la de rollos o volúmenes (de volvo, enrollar, envolver), palabra que en hebreo es guil , y que tiene la misma raíz de ola, gal, porque en el rollo y en las olas está ese entumecimiento envolvente que caracteriza a las formas circulares y esféricas, relación que se mantendrá en las palabras gulgolet, calavera, por la forma cupular del cráneo y para igul, circulo; en realidad, la guimel es una letra que en hebreo se halla presente en muchos vocablos que aluden a la tumescencia, sea de la joroba del camello, la soberbia, la riqueza, o la giba de la espalda, e incluso si buceamos más profundamente, el gozo, que se dice guil en hebreo refiere a ello, si consideramos que las carcajadas de la risa obligan a un ondular del cuerpo que se manifiesta por ondas que parten del plexo solar y se caracterizan por movimiento espasmódicos del tórax, y esta relación entre olas, mar y contento que parece vislumbrar aquel poeta griego que cantó acerca de la innumerable risa de las olas del mar.
Esto nos permite asociar al guil o rollo con un despliegue de sabiduría a la manera de ondas que parten de un centro, un despliegue del Shem a través de un sefer, es decir, del Nombre divino (340) a través de un libro (sefer = 340). De manera que el libro no sólo se asocia al árbol y a los pájaros, sino también al mar, al oleaje innumerable e infinito. Desplegar un rollo es comenzar una peregrinación, una navegación , odisea o periplo en busca del norte del conocimiento, y es también un gozo… enfrentar y surcar ese mar de olas del volumen que se despliega espléndidamente ante nuestra inteligencia, y que recorremos maravillados como un territorio fantástico, como ingresando literalmente en un país de leyenda, y lo hacemos literalmente al desplegar ese mapa mismo del libro, de manera que se cumple al pie de la letra la paradoja de Borges, cuando escribe acerca de aquel pueblo que quiso que todo su país fuera un gran mapa, ya que en este caso el mapa -el libro que tenemos ante nosotros- es el país que recorremos.
Queda entonces, creo, explicado por la demostración de la metáfora y la poesía, por qué un libro, un volumen (guil) que desplegamos desenrollándolo a partir de su centro, es una ola de generosidad plena (gal en hebreo) que nos produce el gozo (guil) y al mismo tiempo, es la peripecia de un viaje de exploración.
Ahora bien, que el libro haya sido denominado a partir de su circularidad, su capacidad para involucrarse en si mismo en un recogimiento centrípeto cuando se elaboraban los rollos, no lo es menos por su capacidad de germinar en un despliegue centrífugo, en la generosidad de sus ondas cuando se lo desenrolla, lo cual recuerda que toda creación emana de las manos del Orfebre supremo como olas y olas de oro, que fluyen de las manos que danzan, tal como expresa Salomón en el Cantar de los Cantares, cuando en uno de los arrebatos que me parece justo colocar entre los más sublimes de la poesía de todos los tiempos, compara las manos del amado como olas de oro que fluyen musicalmente, armonía eterna, a partir de la Fuente de las fuentes.
El volumen, el libro, se despliega como una oruga (que tiene forma de rollo voluminoso) y se termina volviendo mariposa etérea, y así regresamos al mundo de las leves criaturas del aire y de la brisa.
También el rollo de la Torah estructura las marítimas olas de sus pliegues sagrados mediante dos travesaños que son llamados etz haim, árboles de la vida, y se cierra así el círculo que vuelve al nemoroso mundo arbóreo del que habíamos partido, después de haber zarpado al de la espuma y las olas del mar.
Los latinos llamarán a esos travesaños umbilici, ombligos, en torno a los cuales se pliega el líquido volumen por el que ha corrido el río de la tinta, y que nos trae a la mente la magnética energía de los vórtices, ya que el ombligo posee esa cualidad par arremolinar, de donde surgen las olas del gozo, de la cólera y del miedo -grandes movilizadores- que nacen del plexo y del vientre, y que llega a manejar la materia, a juzgar por la pelusa que carda y atrae por su electricidad estática esa parte de nuestro cuerpo… ¡tan grande es su energía que llega a materializarse y a manipular el ámbito físico!.
Y de este modo, así como habíamos expresado en el comienzo de este ameno paseo por el bosque de los libros, embarcándonos luego en el proceloso mar en que intentamos hermanar conceptos profundos del libro y su imaginario a la luz de los términos, volvamos a esta curiosa afinidad fonética que nos permitió hacer una temurah o permutación con las letras de la palabra libro, y leer en ellas lev or, luz del corazón, y sigamos asombrándonos, porque otro pequeño cambio vocálico, suplantando la i por una a, y se nos presenta árbol, y labor, emparentando nuevamente árboles y libros, y diciéndonos que el gozo de escribir y de leer no conlleva menos, por ser un disfrute, un parejo esfuerzo, tal como la frase que reza Per aspera ad astra, per angusta ad augusta, o aquella otra que, con el cambio de una sola letra, transmuta lo más amargo en lo más dulce: hiel en miel, y todavía aquella maravillosa verdad de que toda rosa está cercada por espinas y toda miel custodiada por aguijones.
Pero si el libro es como pájaro y como ondas que fluyen sin tasa, una de las formas de la máxima generosidad y libertad, no menos lo es de la fijación que conlleva congelar un texto, coagular la fluidez de la voz, las letras inasibles y espirituales.
La cadena de la escritura lo confiesa. El ligado de la escritura, que es circular y recta a un tiempo, como el galope del jinete (sefer, libro = faras, jinete en hebreo) en el galope de las palabras que fluyen con la tinta. Por eso la actividad de escribir en hebreo la expresa el verbo lijtov, y libro en árabe, qitab, tiene la misma raíz, palabras que fonéticamente dan la impresión de algo fijo, inamovible, como aquellos caracteres inamovibles que inventara Theut según Platón en el Fedro, y que enmudecidos ya no hablan; si bien la cábala, con sus ruedas de permutaciones, sabe hacer andar a esos seres que para las culturas indoeuropeas nacían muertos, ya que congelaban sus vocales, cosa que los semitas nunca hicieron, dejándolas siempre afuera de la caja (o jaula) del renglón.
La palabra escrita puede ser forzada y hacérsela comparecer en el círculo de evocaciones del cabalista, por así decir, para que revele secretos contenidos en ella, mediante tres procedimientos, la gematria, la temurah y el notariqón, que no explicaremos aquí, pero que se basan en los principios de que el mensaje de la Divinidad no puede mentir, y que en la parte está contenido el todo.
La gematria está basada en que dos palabras con igual cifra comparten identidad esencial; la temurah permite rotar consonantes para sacar una palabra de otra; y el notariqón, parte de la base de que cada palabra es, en sí, una sigla de la que pueden desplegarse otras palabras, infinitamente.
La qabalah es la agricultura, entonces, de ese nemoroso robledal de la palabra escrita, ya que ara los campos de la escritura. Si concebimos los renglones como un arado (y la forma antigua de la escritura en forma de bustrófedon etimológicamente lo insinúa, ya que significa el roturar de los bueyes con el arado), una agricultura intelectual y espiritual, de reglas que trascienden la razón, porque el punto en que la Divinidad escribió el libro por excelencia, el Pentateuco, es la eternidad, no limitada por el tiempo, donde todo fue pensado en un tiempo sin tiempo, y todo subyace en las letras de ese libro infinito.
Todo puede y debe buscarse en él. La palabra hebrea para agricultura conlleva la ida de escritura, pues es jaqlaut, que puede leerse como ley para el signo, es decir, la ley que permite entender cómo cultivar y sacar fruto (incluso los frutos que no están dispuestos para la cosecha de todos, sino de los cabalistas solamente) en la escritura de la Biblia.
Esa triple actividad de sembrar (que, como el escribir, se hace con el brazo y la mano, zerah), arar, jarash, palabra afín fonéticamente al verbo arar, y el cosechar (iabul, palabra que encierra a lev, corazón) son las tres fases de la celeste agricultura de la qabalah.
El texto escrito, el libro, es como una serpiente que repta por los renglones y que nos propone enigmas, pues najash en hebreo es serpìente, voz que se puede rotar en nijush, adivinanza, porque nos provoca a trascender y a violar lo que un texto nos dice para inquirirle cosas que se hallan ocultas y que es osadía conocer, pero que se nos exige desentrañar, como un ovillo laberíntico, un nudo gordiano que debemos desenvolver, por inextricable que nos pueda parecer, y trascender lo mezquino que los sentidos (jushim, en hebreo que, contenidos en el vocablo serpiente, najash, como sabemos, son cinco, jamesh, y a través de los cuales se produce el pensamiento racional, por lo cual majshabah, pensamiento en hebreo proviene de bejamish que significa a través de cinco, corroborando la aseveración aristotélica), que son la forma en que esa serpiente esconde la verdad que mantiene encriptada en sus roscas engañosas.
Volemos así, para finalizar nuestro viaje, al nemoroso boscaje donde emboscados comenzamos, ya que la morada de las serpientes suele ser los recovecos de los árboles. La serpiente que tienta a Eva se enrosca en el tronco de un árbol, ascendiendo como la serpiente Kundalini, que busca la altura… y ¿acaso no son los pájaros la evolución de los reptiles, antiguas y pretéritas serpientes luego sutilizadas y emplumadas que se enroscaron a los troncos arbóreos y se animaron a remontar el vuelo y a cantar?...
A la par de la forma que, miradas con ojos de poeta, las aves comparten con los libros, existen otras dos sublimes manifestaciones del amor -la música y el beso- las cuales nacieron, según los sabios, de la observación de la conducta de los pájaros.
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