Sobre las palabras para designar al hombre
y sus alcances en hebreo, griego y latín
La palabra para designar al hombre hebreo, en dicha lengua, es ever, y posee la raíz que significa atravesar, ir más allá (razón por la que también el miembro viril comparte esta raíz).
No sin perplejidad he vislumbrado en esta raíz semítica el origen del término griego hýbris, de raíz (hasta ahora) oscura, vocablo que alude a la transgresión u osadía que se castiga, en el imaginario y en la cosmovisión griega, con algún castigo divino.
Pero, justamente, el hombre hebreo desprecia en los griegos ese apego a una razón pedestre, a ese lastre racional que le impide remontarse a alturas verdaderamente trascendentales y divinas, y que no es sino una cortedad que se escuda y esconde en la necesidad (castradora) de quien no se aventura a trascender ni a aventurarse a un vuelo superior, de manera tal de encontrarse cara a cara con el Rey que se halla encerrado en su palacio, pero que no por eso le resulta inaccesible a la más elevada de sus creaciones: el hombre. Los místicos lo saben.
Por el eso el varón hebreo (lo expresa claramente el Salmo cuando desprecia la astucia rastrera de los “sabios” tergiversadores, que se encuentra por debajo de la iluminación superadora, y me refiero a esa astucia capciosa y confusa que en hebreo se expresa por el término arum, y en griego por el vocablo polymathía) anhela ir más allá, trascender los límites de la razón, aventurarse y cruzar el límite hasta dar con su creador, que lo espera y lo anhela; en su naturaleza, en su nombre, ever, está la capacidad de ir más allá, plus ultra, y de superar su condición y hacerse semejante a su Creador (adameh le Elion dice la Escritura Sagrada: Me haré semejante a mi Creador, y el Salmo 82: Elohim atem: Vosotros sois divinidades.
El ever se atreve a traspasar ese Mar Rojo que, en cambio, ahogará a Faraón, límite de la lógica y de aferrarse sólo a la capacidad racional, que a los griegos los vencerá, con escándalo y a pesar de la lógica que les dictaba que vencerían a los Macabeos, a juzgar por el número de uno y otro ejército.
Así también le sucede al místico que ha sabido hacerse amigo del querubín que hace girar la espada resplandeciente, y por eso mismo tiene acceso al paraíso ahora mismo.
Esta visión de un hombre mediocre y terrenal, que no osa pasar el umbral de la razón se relaciona con el concepto limitante de la sophía griega, es lo que nos enseña la cautelosa y rastrera filosofía helena, determinando que el coto del hombre posee sus inviolables fronteras y que no deben ser violadas.
Providencialmente, en hebreo el término sof alude a un límite (precisamente el que debe ser traspasado) y maravillosamente el iam suf -el Mar de los Juncos o Mar Rojo- es el que atraviesa el pueblo hebreo en su huida de Egipto, aquel que el ever salva en su busca de la tierra prometida.
Esta aparente coincidencia alude, de manera profética y cabalística, a la pedestre, racional, y temerosa sophía griega, que en sí conlleva la esterilidad inmovilizante del silogismo griego, que nada nuevo descubre en sus conclusiones, y los circunloquios vanos de los sofistas.
Su opuesto, su reverso especular, es phós (sof fos), que en griego es luz, luz que se alcanza al precio de transgredir los límites preestablecidos.
Aquí se presenta entonces el primer vocablo griego para hombre que analizamos: phós.
El hombre es luz, ya que la única diferencia entre phós-luz y phós-hombre es una omicron que se alarga en omega, pero el nexo es evidente.
El hombre es luz y, como tal, puede iluminarse con la sabiduría superadora que nos funde o acerca a la Divinidad. En ello, el vocablo phós sí se asemeja al vocablo ever, porque implica la promesa, la confianza de un ser humano que puede encenderse hasta el fuego divino.
Los conceptos para hombre oscilan en general entre los dos polos de su tragedia: su semejanza e imagen con la realidad divina, y su situación lamentable y lodosa en las redes del barro material.
Y esto sucede tanto en hebreo como en griego y latín.
Phós, que acabamos de estudiar, lo involucra en su misma singularidad, ya que el hombre puede iluminarse y se identifica con la luz, pero al parecer, la palabra phós arrastra ese carácter efímero del hombre, que se enciende, pero que a la vez dura breves instantes y luego desaparece, como la lumbre de un fósforo en lo oscuro de la nada.
En hebreo, la fluctuación se da entre adam, que significa hombre, y que alude a su condición material formada de tierra rojiza (adamah), junto con el plural metim que significa literalmente mortales, y expresa la condición pasajera y volátil del hombre sobre la tierra, frente a la pareja gever-ish, vocablos que también denotan al hombre, pero en los que parece rescatarse la condición divina inmanente en el ser humano.
Porque gever es una palabra que está emparentada con gevurah, que significa fuerza, vigor, poder, mientras que ish, escrito con aleph y iod, contiene al fuego que en hebreo es esh, palabra escrita con aleph-shin más la iod de la Divinidad entre ambas letras, es decir, la pupila divina asomándose por entre las llamas del fuego, lo que nos recuerda a phós (luz) – phós (hombre, mortal), si bien en el vocablo griego falta la letra de la Divinidad, y sólo la excelencia del hebreo puede retratar perfectamente esa condición divina del hombre incorporando la letra iod que, quizás, es la más representativa de la Divinidad junto con la aleph.
En latín, el vocablo homo se emparenta claramente con humus, tierra, en una relación análoga a la que existe entre adam y adamah (tierra rojiza) con la diferencia de que adam contiene a la sangre (dam) unida con la aleph divina, lo cual nos recuerda aquella hermosa gema de enseñanza cabalística que nos cuenta que en adam (de gematria 45) se halla codificada la razón de que en la tradición hebrea se afirme que todo hombre es el fruto del pacto entre tres seres: el padre, la madre y D’os mismo.
Porque si sumamos padre (en hebreo av = 3) + madre (en hebreo em = 41) obtenemos 44 que es el valor de dam, la sangre y también de la palabra para niño, iéled, de manera que entre ambos, padre y madre, forman el cuerpo de un nuevo ser humano, pero si, y sólo si a esta pareja viene a sumársele la Voluntad Divina, representada por la aleph, obtenemos la gematria necesaria para crear un nuevo hombre, un adam: 45 (44 +1).
Otra revelación codificada en la arquitectura de la palabra adam nos recuerda que el hombre es cuerpo y alma, espíritu y materia, ya que sus primeras dos letras, ad, aluden al vapor, a la humedad, a la parte material, mientras que dam, su segunda parte, alude a su sangre, es decir al componente pneumático en donde se halla contenido su espíritu, su raíz eterna.
Si analizamos el valor gemátrico de adam, 45, desde una perspectiva cabalística más oscura y profunda, podemos comprobar que tiene que ver con Saturno, ya que 45 es el valor del cuadrado mágico saturniano, donde se disponen los números del 1 al 9 en una secuencia ordenada donde columnas, filas y diagonales suman el mismo valor, 45, siendo el centro de tal cuadrado el número 5, que es el valor de la letra hei, una de las letras que aluden a la creación que realiza D’os, (lo cual se deduce de la frase bíblica behibaram, con la letra hei los creó).
El primer cuadrado mágico que puede disponerse es éste de tres cifras, siendo imposible un cuadrado de dos cifras de lado, de lo cual se deduce que el primer cuadrado mágico, la primera construcción, surge de la séfira de Binah, la séfira de Saturno, siendo binah de la misma raíz que ben, hijo, y que el verbo banah, verbo que se utiliza para el concepto de disponer, construir y para los conceptos de comprender, razonar.
Ahora bien, otra circunstancia muy interesante de la palabra hebrea para hombre, adam, es su asociación con amud, columna, y con la raíz de dicho vocablo, amad, estar asentado, estar firmemente apoyado.
Amad es un verbo que se escribe con ayn, la letra que según comentamos en otro ensayo cabalístico es el reflejo especular, y de cierta manera el polo opuesto y el reverso exacto de la aleph; pero no son enemigas, son como cuerpo y espíritu de una misma realidad, siendo esa realidad desnuda aleph, y su ropaje la ayn.
El hombre es creado por D’os el día sexto, lo cual , para los cabalistas, lo vincula esencialmente con la letra sexta, la vav, que es una columna, y que alude a su condición erecta y vertical, cuyo eje es la columna vertebral, simbolizada por la letra vav, que es la letra por excelencia del hombre, y que se halla presente en el Tetragrama; que la palabra para columna en hebreo, amud, y que la raíz trilítera para el concepto de estar de pie, conlleven una temurah o rotación de las letras presentes en adam -a la vez que la presencia oculta de la aleph bajo el ropaje opaco de la ayn- es coherente con la circunstancia aludida de que el hombre es caracterizado en el Génesis como la creación erecta de D’os, llevada a cabo el sexto día; por otra parte, una nueva temurah sobre la raíz trilítera para este verbo amad, que significa estar firmemente de pie, involucra invertir su significado, ya que maad significa trastabillar, vacilar, derrumbarse.
La excelencia del hombre para los cabalistas, (que un poeta místico medieval expresará afirmando que el hombre es la gema en el anillo de la creación de D’os) se confirma en que se suele escribir el Sagrado Tetragrama de tal manera, en una disposición vertical, en la que los dos brazos de ambas hei forman las extremidades superiores e inferiores de la silueta estilizada de un hombre; la iod, superior, su cabeza, y la vav, su tronco, de manera que el lugar en donde se ponen en contacto iod y vav es el pecho, el receptáculo del corazón.
Para ir redondeando entonces, dos visiones, siempre, del destino del hombre y de sus ilimitadas posibilidades, en las palabras que lo connotan: una, la de su condición que puede jactarse de una esencia divina, ya que ha sido creado a imagen y semejanza de su Creador, pero también la de su crucifixión a una condición material y perecedera: la prisión de su cuerpo temporal; las palabras para hombre oscilan entre aquella gloria y esta miseria…
Esta ambigüedad es la que sin duda refleja la tragicidad humana, este thauma de Sófocles, cosa tremenda el hombre… que Virgilio retratará noblemente en el símil de la encina, en los versos en que Eneas, en su condición de hombre heroico excruciatus, es parangonado con una añoso tronco que hunde sus raíces en los infernales mundos inferiores en la misma medida en que, hacia el éter, extiende la vocación de su ascenso espiritual:
quantum uertice ad auras etherias,
tantum radice in Tartara tendit.
También Pico della Mirandola equipara a hombre con un mago, cuya misión demiúrgica es la de maridar mundos, maritare mundos, en un pontificado sacrificial que le impone la labor de eslabonar el mundo superior con el mundo inferior, hermanación de los opuestos en una dolorosa y parturienta coincidentia oppositorum, que lo hace vinculorum vinculum, vínculo de vínculos, (como también expresa Job: desde mi carne veré a D’os), en un pontificado que eslabona Hades con Éter, cielo e infierno, patrimonio exclusivo del hombre como creación eminente de la Divinidad y su más excelente encarnación, lo cual se evidencia en la aleph, esa letra que tiene forma de hombre con sus cuatro extremidades, y a la vez es el símbolo del infinito, el ocho horizontal, pero dos de cuyos nexos no se ven, porque sus ligaciones se producen en un reino trascendente más allá de los sentidos…
Si seguimos esta línea de pensamiento cabalístico rotatorio de la técnica de la temurah, observamos que la palabra Adán en castellano, invertida, forma el término nada, lo cual no es casual pues sigue permitiendo el camino de pensamiento que asocia al hombre al soplo pero pasajero, inconsútil que requiere la humildad de su condición mortal, que expresáramos arriba al relacionar adam con adamah, tierra, y a homo con humus, como si a pesar del salto de una lengua a otra, las relaciones entre los vocablos, o algunas relaciones-clave muy importantes, se sostuvieran.
Esta humildad, que debe ser patrimonio de la reflexión del hombre como reconocimiento del alma de su condición minúscula de chispa divina ante la inmensidad de la majestad del Creador, es lo que se avizora (digámoslo para terminar este ensayo sobre los términos para hombre) en dos palabras hebreas que refieren al ego y al sujeto como individualidad entendida de manera separada frente al Creador que lo ha formado.
El término hebreo para yo, aní, con aleph, posee incorporada la esencia de su verdad en el corazón de sus tres letras: si rotamos la iod final y la colocamos al medio, sin que la nun divida a la aleph inicial de dicha iod, obtenemos ain, que en hebreo es la nada. De manera que el reverso del sujeto, la otra cara insoslayable de su moneda, para que no se ensoberbezca demasiado, es la nada, que debe reconocer como cualidad inherente que le es requerida descifrar, para que ocupe el verdadero lugar que le corresponde en las beatitudes infinitas del ser.
Si cambiamos la aleph por una ain que, según hemos expresado en otro de nuestros ensayos, no es más que el reflejo opaco, la materialización de la aleph, obtenemos el término ain (compuesto esta vez no por la aleph inicial, sino por la letra ain) que significa ojo y fuente, lo cual es otra manera de aludir al sujeto, pues el ojo es la tierra, el punto de posición y de vista, desde donde el sujeto mira el todo que es un gran Tú frente a su minúsculo yo y, como tal, punto de posición donde se halla de pie en su actitud de contemplación del mundo, por lo cual es una fuente desde donde se despliega ante el todo que lo circunda y envuelve; su pequeñez se sigue revelando si rotamos las letras y formamos, interceptando el encuentro de la ain con la iod la letra nun, de manera que obtenemos la palabra oni, que signifca pobreza o miseria y que es, paradójica y misteriosamente, la cualidad que debe ser reconocida como propia por la criatura para que su Creador se percate de su existencia y la sostenga en las adversidades, proveyéndole del sostén invencible, según vemos en los Salmos.
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