Pensamientos condenados, heterodoxos, heréticos.
Si el enjambre de los hombres es asimilable a un ejército que lucha contra la fuerza de la nada, podría afirmarse que, en la conformación de las fuerzas de lucha, la abeja reina es el ideal por el que es hermoso morir, mientras que los pensadores y científicos podrán ser equiparados con los estrategas de esa guerra. La gente común (los trabajadores cotidianos y honrados) pueden ser comparados con los soldados rasos, los infantes que sufren el verdadero fragor de la batalla, las obreras… pero la auténtica fuerza de choque, la vanguardia, la configuran unos pocos elegidos: los soñadores, los poetas y los artistas. Ellos son los que luchan sin tregua y los que siempre, casi excluyentemente., deciden el triunfo de cada batalla.
En este teatro del mundo en el que cada uno representa un rol que oscila entre el patetismo y la pusilanimidad, toda sinceridad termina siendo a la postre un autoengaño que resulta desenmascarado por la desilusión o el arrepentimiento.
Nada representa blasfemia, ni ofensa para la divinidad si no entraña el daño del prójimo., o al menos la intención de este daño. Tampoco representa injuria, pecado o motivo de ofensa para la Divinidad el que los hombres La vean encarnada en algún hombre al que admiran o en una persona a la que aman o idolatran. Pero lo más fácil es representar la divinidad para uno mismo, y lo más difícil, lo más arduo, tener la oportunidad de representarla para otro ser humano, ya sea porque merezcamos ser amados por él o porque nos hayamos ganado su admiración. Trabajemos por esta última forma de ser tenidos por dioses. Quizás nuestra salvación entraña haber salvado a alguien más, y el haber conseguido salvarnos a nosotros mismos (no haber caído nunca o casi nunca) un fuerte motivo para que la balanza última se incline a favor de nuestra perdición.
Dios nos ha hecho para el máximo goce, al que accederemos por grados. Que el dolor sea bueno por sí mismo, es una de las trampas del demonio, de quien se duele con nuestra coronación final, de los miopes que por no acceder ellos a las más excelsas formas del goce inocente, no quieren que nadie lo alcance, sino que tienen por santo que otros se hundan en el mismo barro en que están aprisionados y al que han condescendido a ensuciarse a través del pensar que el sufrimiento es bueno y deseable por sí mismo y que es una de las formas excelsas de la humildad.
Creo que la segunda forma excelente de la humildad es entregarse al máximo goce sin miedo, siempre que no tengamos que pagarlo con el sufrimiento del prójimo; la primera es sacrificar ese goce en aras de la ayuda de quien está sufriendo.
La paradoja tiene la fuerza máxima de la realidad, la fuerza última de lo que confiere la profundidad. Consistiendo en dos afirmaciones tan valederas la una como la otra, que se excluyen mutuamente, la paradoja es lo que otorga certeza de realidad verdaderamente existente a todo lo manifestado, y de que la creación no es meramente una ensoñación, una representación de marionetas o una prolija maqueta infantil (lo cual sería, en el caso de poseer la melindrosidad estéril de que nada desencaje, de que todo sea como una mamushka o un sistema de cajas chinas, donde cada cosa, servilmente, forma en sus concavidades lo que la siguiente exige en sus convexidades). Umbra profunda sumus, decía Giordano Bruno, identificando al alma del hombre con una inconsútil cortina que se opone a la majestad de la luz divina, de la plenitud de su gloria, pero confiriendo a la sombra (lo más delgado que puede existir, lo más irreal lo menos consistente) justamente la característica de que más parece carecer: corporeidad.
La posibilidad de la existencia de la paradoja es la demostración más plausible de la omnipotencia divina, que puede crear hasta lo contradictorio, que puede ir en contra de sus mismas leyes, las cuales no la limitan y que siguen sometidas a Su Voluntad absolutamente libre… la paradoja es la manera en que Dios sigue teniendo en su puño al mundo y la garantía de que podría destruirlo y reabsorberlo en la nada cuando se le antojase, a la vez que es la forma en que nos transmite el mensaje de que, si no lo hace, es por infinita misericordia, y el estímulo para que sigamos avanzando en nuestro perfeccionamiento, y que nosotros mismos nos demos forma, nos recortemos la silueta y seamos artífices de la forma -con nuestros actos- que queramos darle al cristal de nuestro espíritu. Que Dios no lo haga, que no fulmine lo viviente, lo relativo, que la paradoja tenga su lugar en el mundo, es prueba de su amor, de su confianza en nosotros.
La paradoja garantiza que el estatuto de la realidad trasciende el de la simple lógica (la cual no tolera las paradojas como sí lo hace el universo y que nunca podría cobijarla) a la vez que susurra que el estatuto último de la verdadera y desnuda existencia no es la mera ilusión ni las rigurosas fantasmagorías del razonamiento y la lógica humana, poniendo a ésta en su sitio y demostrando que es sólo una herramienta de manejo -o si se quiere de desenvolvimiento dentro de su fueros- pero no los planos de construcción que gobiernan el entramado del mundo desde fuera de él.
La paradoja corona a la realidad y es el atributo que la hace realmente existente, la cereza de la torta, el ápice, el empujón que la hace andar en serio, la cuerda que permite el avance de todos los sueños, la carrera de todos los relojes, la inminencia de todas las cuentas regresivas, a la vez que demuestra que Su poderío es infinito y trasciende absolutamente nuestra espera de acción y nuestras posibilidades como humanos de barro.
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