Sobre el hechizo de las culminaciones barrocas de la cultura
I.
Dice Frances Yates que el teatro, ya desde su teorización por Vitruvio , fue elevado en el renacimiento a la altura de un gran talismán captador de las influencias planetarias benéficas para el ser humano. Un talismán sofisticado y viviente que predispone al hombre a la catarsis y a la sublimación por la percepción y la asimilación espiritual, astral, y sensible de la belleza. El divino Delminio Camillo lo entendió así cuando intentó crear el primer “ordenador” de los nuevos tiempos: esa máquina inteligente que no se movía con electricidad, (al menos, encauzada como la entendemos hoy) sino con la armonía de las esferas, que estaba destinada a convertirse en un ingenio casi atlante para la aceleración del conocimiento humano y el progreso real de las potencias humanas.
Dice Jean Hani , que la iglesia y la liturgia son como un hechizo poderoso y gigantesco que opera en el hombre por sus armonías, la recepción y comunión con lo sagrado.
El teatro, cuya disposición tradicional vitruviana tiene siete divisiones para los espectadores divididas por cinco pasadizos, se convirtió después en una estructura ascendente análoga a un coro o danza donde todos los espíritus bienaventurados, según sus jerarquías y estados de iluminación, revolotean en circular columna salomónica en torno al centro. Esto es platónico y en ello parece reflejarse la clasificación de los órdenes angélicos de Dionisio el Areopagita. Se lo entrevé, quizás, en Liaisons Dangereuses , cuando los diversos órdenes de personas, como si estuvieran dispuestos en mímesis de los ejércitos angélicos, se asoman cada uno desde su esfera y su nivel, escandalizados por la aparición de la pérfida Madame de Merteuil en un ámbito que no le corresponde, y la abuchean.
Si el teatro es pues, una liturgia, un talismán pulsátil y viviente que funciona mediante la estrategia de encauzar influencias planetarias y astrales que conducen necesariamente a la permeabilización del alma con sensibilidad a niveles ontológicos de belleza extraordinariamente elevados, y a la invocación de un éxtasis comunicante de imantación como la aurea catena Homeri o el magnetismo del poeta en el Ión de Platón, entonces, necesariamente, sus sacerdotes son los cantantes pero, de un modo excelente y excelso, el ruiseñor por antonomasia, el castrado.
Su voz, inigualada, resume una totalidad única en el portentoso alcance de sus escalas, y él mismo un héroe soteriológico, que se configura en axis mundi, como la encina de Virgilio . En la potencia de sus pulmones y la amplitud de su caja torácica; en la humanidad sublimada por la androginia que le confiere su situación anatómica, habiendo sido, como Osiris, “desmembrado” para ser luego reensamblado ya sin su parte animal: sus testículos, que lo ligaban a la generación y al reino terrestre. El castrato es un pontífice asexuado que relampaguea en ambos polos (intonuere poli) con la completitud de su pleno dominio de todos los horizontes. Es un sacerdote mágico del arte que nos acerca la eucaristía de la belleza. En él se aplacan los contrarios unificados, y él es un mandala a donde van a parar, como los cuatro ríos del paraíso, los direccionamientos y los ríos del espacio y del tiempo, es el septenario donde se sumen las seis direcciones del espacio, un mandala viviente y hermoso.
II.
El castrado, pontífice andrógino, emana energía, distribuyendo olas de vibraciones barrocas a través de su voz, el movimiento circular de sus ojos y sus gestos con las manos, como muecas de muñeco mecánico, al modo de mudras barrocos… de tal modo va organizando a su alrededor flujos de energía a través de esa kinesia de la belleza, con pases magnéticos de imantación que va enfocando y descargando, tejiendo y dispensando efluvios sobre su público; también la economía de estas espirales astrales de energía se da con la danza de majestuosos pases, flexiones de torso y manos por los lugares de inflexión de energía: cintura, caderas, muñecas, cuello… manejados con movimientos rítmicos, serenos, pero firmes y matemáticos, de manera tal que en la chaccone, por ejemplo, los giros y pasos evolucionan como con un paso de danza universal y simétrico, semejante en su armonía a la espiral del nautilus según el número áureo, enfocando, captando y filtrando, en las circunvoluciones por las que evoluciona esta danza, los efluvios que nutren el alma y el espíritu y fortalecen todas las vibraciones hacia lo alto, espiritualizando al ser humano, y elevándolo a las regiones angélicas, de modo que todos estos movimientos son un yoga barroco.
Los mudras o poses de las manos en meditación entre los hindúes favorecen determinados estados mentales, por medio de la manipulación de las energías que circulan por dedos y muñecas y su tensionamiento o distensión. Hay por otra parte tratados barrocos sobre las poses de manos y su lenguaje; la codificación de estos hechizos por fascinación del aparato fantasmático son abundantísimas, parecen llegar a su apogeo en el barroco europeo, aunque un tanto desacralizadas (o así parece). También entre las civilizaciones que han llegado a un grado extremo de sofisticación afloran siempre estos signos: las danzas sumamente elaboradas de la India se parecen, por su rígida codificación, a la danza del siglo XVII europeo. Las pelucas se han visto siempre en los más excelsos ápices de las culturas (Egipto Roma imperial, Bizancio, Modernidad -especialmente Francia-). Específicamente, comienzan a proliferar lenguajes codificados no racionales: trajes suntuosos, peinados: se produce una tipificación o catalogación, y la sociedad se convierte en un paso de un arquetipo a otro, encarnados en rarae aves, individuos que se ajustan por propia voluntad y placer a alguno de esos arquetipos y les rinden culto ávidamente. Conocida es la pedrería aplastante de los vestidos de Bizancio, los enormes tocados del París del 1700, las cofias de la corte de Borgoña y los escarpines de la cour d’amour. La catalogación de los tocados parisinos después de la coronación del esplendor (y derroche) de l’Autrichienne, encabezada su moda por el peluquero Léonard y Marie Bertin, su diseñadora, es prueba de ello: la Zodiacale, l’Intrigante, el Navío… Es como un famélico deseo de extender, por doquier, significado a través del arte. Los modales se afectan también, todo gesto se refugia en simbólicas encerradas unas dentro de otras, como una preciosa caja múltiple que al último esconde… el arte por el arte mismo, como la fuga de las cosas en el puente al infinito tendido entre dos espejos enfrentados.
Los actores de ese sofisticado desfile se suceden como angelitos mecánicos en una máquina para la diversión: la novedad primorosa del joyero de un rey que despliega toda su técnica en un reloj o juguete elaborado con materiales preciosos y, en una cinta, después de darle cuerda al ingenio, se pasean mecánicamente distintos personajes: es la comedia humana. Un engin d‘esbatement como los autómatas tan queridos en la época alejandrina, en el medioevo, y en el barroco .
Es la fiesta de la vida, encarnada por grotescos de imprenta, el carnaval medieval, y los précieux ridicules… tan abismados en la contemplación de la belleza, que consagran su vida al culto de Dios a través de la belleza.
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