viernes, 16 de marzo de 2012

Reflexión barroca sobre el estado del mundo y la sociedad inspirada por el encarnizamiento de los medios contra un posible pedófilo (El padre Julio César Grassi).

Reflexión barroca sobre el estado del mundo y la sociedad inspirada por el encarnizamiento de los medios contra un posible pedófilo (El padre Julio César Grassi).



Hay en el universo una ley de compensación que trataré de definir por uno de sus ejemplos. No prohíbe la divinidad que la podredumbre nutra al buitre y a los demás carroñeros, o incluso que la carne de un animal moribundo, a pesar de todo el dolor en el que se abisma la criatura doliente, comience a ser despedazada por la hiena… no lo rechaza como posibilidad el Creador, y en su infinita piedad da acogida a este hecho en el reino del ser, como a muchas otras ruindades, pero una cierta necesidad se sigue del acontecimiento mismo: la generación de una especial aspecto de los carroñeros.
Hienas y buitres, cóndores y escarabajos, comensales de las osamentas y degustadores de la inmundicia, adolecen de un aspecto horrible en que se cifra el guarismo que los identifica. Su figura es desgarbada, jibosa o decididamente jorobada. La piel es un arrugado y curtido pergamino de cuero macilento, las plumas son decrépitas y las pelambres hirsutas; las panzas tiesas y las excrecencias carnosas son las elegancias de su moda. Son los animales de la degradación y el reciclaje. Tampoco les es ajena esta realidad a los seres que se niegan al beso tibio del sol, como el topo o los gusanos, y las ciegas muchedumbres de las cavernas o las fosas abisales, esos escuálidos peces albinos de ojos sangrientos, junto con los pólipos que adhieren su carnoso pie en el barro profundo.
Todos estos vampiros, hongos y parásitos comparten una estética del horror que los marca a fuego y los golpea con su impronta infeliz.
Las galas de la verdadera belleza y la alegría se reservan para los etéreos colibríes, para las inocentes mariposas o hasta para la franqueza de los que abiertamente se declaran ponzoñosos, como las rana pintada y las peludas orugas multicolores. Es la perniciosidad solapada y oculta, de vocación traicionera y engañosa, la que detesta la naturaleza y a la que rubrica de fealdad repugnante.
Cada animal parece encarnar un vicio con la excelencia de una inclinación ya incorregible, por eso los gimnosofistas, entre otros indagadores en los mecanismos de las leyes de acción y reacción instituidas como premio o castigo para la conducta y los móviles del corazón humano, atribuían a determinados animales la suerte póstuma de las almas que habían fomentado tal o cual vicio. Con el girar de una causalidad inesquivable, los lujuriosos continuaban el avatar de sus días en la carne vistiendo cuerpos de asquerosos cerdos, los ignorantes de asnos, los orgullosos de torpes gallos. Animales todos que obran como multiformes coronaciones y tipificaciones de la bajeza humana, y desgraciadamente, ya no corregibles durante esa encarnación. Porque el vicio en el corazón de un hombre, aunque a costa de grandes sacrificios y privaciones, puede ser reencauzado, enderezado… pero la inclinación a su propio vicio de que está dotada cada criatura no humana es una cadena inviolable y ciega, que no podrá ser rota, al menos durante esa encarnación. La encarnación humana entraña la posibilidad de cambiarla; la encarnación animal, la inminencia de su sufrimiento y carga. Así parece haberlo dispuesto la providencia divina; ¿quién torcerá la inclinación de un burro a la tozudez, o corregirá la altivez de un gallo hacia la humildad? ¿quién calmará definitivamente la voracidad de un cerdo o su gusto por la basura? ¿quién acallará la helada sorna de la carcajada de una hiena, que en lugar de conmoverse por la desgracia ajena, llama a sus secuaces para consumar un último y doloroso destripamiento en vida? Abanico tornasolado esa variopinta diversidad de las especies animales para sentenciar y rotular en cuadrúpedos o volátiles el teatro de la miseria humana.
También están los animales de la luz: brilla la fidelidad en el perro y la mansedumbre en la vaca. Son como sellos en los que se han impreso virtudes celestes para ejemplo y edificación de los humanos, en nuestras decisiones y acciones cotidianas.
También cada enfermedad tiene su rúbrica particular. Los ojos saltones de la carencia de yodo en los hipertiroideos, la rubicundez enfermiza en los enfermos de algún mal cardíaco, la escualidez en la del anémico que delata la carencia de hierro en la sangre; y no menos evidentes son las improntas de los vicios, que nos hacen poner en guardia ante la morada fritura en la nariz del alcohólico o el paso marcial con que -hasta no hace mucho- estaban dotados los sifilíticos. Lenguajes de miserable pero certera sintáctica que comparten dos enemigos irreconciliables: la discriminación o la conmiseración del prójimo.
Algo parecido sucede cuando los afeites y maquillajes intentan camuflar la decrepitud e impostar con su dudosa urbanidad una falsa juventud; lucha evidente y despareja que la tintura da a las canas, enmascaramiento desesperado de las pelucas a la calvicie que ya anuncia un próximo desguase. Poco más pueden hacer las siliconas, los colágenos, los botulismos deliberados, las pomadas que tanto sufrimiento representan para las conejillos de india de los laboratorios, endosando más sufrimiento al karma humano.
Hay también una gramática más sutil todavía de los vicios, que se estudia en los libros de la fisiognomía: la nariz ganchuda es la conjugación del cálculo y la manipulación; los ojos semicerrados, la declinación de los oportunistas buscadores de ventaja aún a costa del perjuicio ajeno; la sonrisa dura, la del cruel y del hipócrita. La codicia no deja de morderse los labios y la envidia maquilla de cierta verdosidad la tez, dotándola de una marchita precocidad. Las venas azules que surcan delgadas manos caracterizan a las almas delicadas y naturalmente aristocráticas, los cuellos gruesos, a los espíritus entregados a la falta de delicadeza, y los labios carnosos grafican placeres apasionados y criminales celos desmedidos. La cerrazón de carácter y la intolerancia se configuran en una sola ceja continua, los dientes muy desparejos atestiguan a favor de una ruindad del alma que puede bajar a la peor brujería para ver cumplidos sus propósitos. Se descubren tantas categorías semánticas en el cuerpo y en el semblante como formas del vicio y la virtud. Desgraciadamente, en esa gramática, las irregularidades son el único refugio de las virtudes, hoy en día arcaísmos en vías de extinción y expuestos al ridículo para quien los habla, quijotismos cada vez menos frecuentes.

Hay perfumes para cada piel que etiquetan a las razas y sus hibridaciones, sudores agrios, sudores dulzones, afrutados unos e insípidos otros. Hay hálitos corrompidos y hálitos frescos, sin que su índole se corresponda necesariamente con la edad de su propietario; bocas pastosas o completamente secas, palmas pegajosas o sudorosas, dedos afilados, pulgares embotados… cada uno es el nombre que significa o refuerza determinada disposición del alma. Hay dolencias que comparecen ante defectos del ánima, como la miopía en los egoístas, las várices en los reprimidos y el asma en los pusilánimes y cínicos.

Pero toda ella es una gramática condenada a priori (aunque eficiente), un arte prohibida desde que sólo debe movernos la bondad y la dulzura de carácter. Ha sido superado el libro de Hermes en el que estas precauciones fueron redactadas. No hay puestas en guardia válidas desde que un Salvador vino al mundo, quien dejó obsoletas todas las precauciones, aboliendo el uso -aunque no la validez- de estas alarmas ante las mezquindades o carencias del espíritu del próximo. Quedó en pie una sola regla del antiguo régimen, que es la única del nuevo: ama a tu prójimo como a ti mismo. Ley draconiana y durísima en su observancia, si las hay, y con más razón hoy en día, con el enseñoreo de la maldad en el mundo, ley prácticamente impracticable, si no es con el propio perjuicio. Porque, ¿quién se animará a abrir la puerta de su morada para dar una limosna, aunque el corazón así nos lo dicte, cuando podemos vernos envueltos en uno de los peores engaños, y hasta en la complicidad insospechada de nuestra propia muerte?, ¿quién dará una dádiva sacrificada de la miseria con que hoy se paga el trabajo honrado, en la duda de que quien la pide, aunque parezca un mendigo desplomado en la desgracia de circunstancias muy adversas en la vida, no sea un perito en el arte del disfraz y un abusador de la piedad honrada? ¿quién osará defender públicamente a un criminal quizás verdaderamente arrepentido, cuando los que lo reprueban pueden estar escondiendo (hasta de ellos mismos) en el voraz escándalo de su condena una inclinación a vicios similares a los de aquellos a quienes acusan, pero que no quieren confesarse?. Con todo, siempre será valida esta ley absoluta: sólo podrá arrojar la primera pedrada el que nunca haya pecado. Quien así lo hace se autocondena, en la consecución de sus pecados, a la misma severidad que invocó para el delincuente que lo escandalizó. Y nadie podrá borrar, en la balanza de la piedad divina, si quiera uno solo de los actos buenos que obró un pecador, (aunque haya sido el peor de los pecadores) invocando la envergadura de los pecados que cometió, sino que quien así obre, solamente empañará el mérito de los propios actos buenos, evidenciando que de los dos rostros de la justicia sólo conoce el de la severidad, no el de la misericordia.
Difícil cada vez más el camino de los cristianos, de los mansos y los de corazón sanamente blando. Ya se sabe, somos como palomas rodeadas por serpientes, como corderos entre lobos.
Quizás la única salvación entrañe el precio de ser despedazado por los buitres y las hienas de este mundo, y quizás sea imposible redimirnos, sin un dolor que no siempre estamos dispuestos a pagar.

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